
En Cuba debieran desterrase de una vez y por todas frases habituales como resistencia al cambio, que en ocasiones intentan justificar el desapego a los adelantos científicos de los encargados de hacer producir la tierra.
Como tabla de salvación, o simple justificación, algunos acuden a esas expresiones manidas que bien debieran provocar un rechazo rotundo.
Desde que el hombre comenzó a desandar las grandes sabanas en busca de alimentos fue apropiándose de prácticas que mejoraban su desempeño en la caza.
Si hoy existe el Escorial, o cuanta maravilla arquitectónica adorna el planeta, se debe sin dudas a los primeros valientes que descendieron de un árbol para recorrer las sabanas, que incluso, mejoraron su postura al erguirse sobre sus pies, y el pulgar se les separó de los restantes dedos de la mano para sostener instrumentos. Luego domesticaron animales y cultivaron las primeras semillas, comprendiendo que al sembrarlas obtendría comida a mediano plazo, y hasta podrían almacenarla.
Con el tiempo seleccionaron las mejores simientes, y conocieron las características de los suelos, entonces introdujeron nuevas tecnologías y se valieron de animales para la preparación de tierras, hablamos de miles de años atrás.
El surgimiento de la agricultura representó un estadio superior en la historia de la Humanidad, así como la creación del arado, la rueda, y las edificaciones para almacenar y beneficiar los granos.
Desde hace mucho tiempo atrás el hombre comprendió que la aplicación de los avances tecnológicos representaba más producción, más alimento.
Tras miles de años de prácticas agrícolas, el hombre cuenta con un cúmulo de saberes atesorados. Algunos han sido más eficientes que otros.
Es cierto que muchos se fueron tras los cantos de sirena de la Revolución Verde de los años 60 del pasado siglo, que representó un aumento indiscutible de la producción pero a un costo demasiado elevado por el empleo desmedido de químicos, y Cuba no fue la excepción.
En la Isla también se practicó la agricultura industrial, caracterizada por el uso y abuso de insecticidas, fertilizantes químicos, y grandes maquinarias.
Aunque pudiera parecer contradictorio, la caída de la Campo Socialista representó una especie de salvación para la agricultura cubana, ya que la escasez de recursos nos obligó a mirar hacia prácticas más amigables con el medio ambiente, como la agroecología.
Sin embargo, lejos de lo que algunos piensan esas técnicas que tanto favorecen la salud humana, los suelos y las aguas, no se han masificado, como tampoco el empleo de semillas certificadas, el control biológico de plagas, el empleo de forraje para alimento animal, y otros tantos procedimientos avalados por resultados concretos, pero que no siempre se aplican por la socorrida frase de “resistencia al cambio”.
Quienes se resisten al cambio, se resisten al desarrollo, a las mejoras, a la eficiencia, a la protección del medio ambiente, y lo más importante, a producir más alimentos y de mejor calidad. Si nuestros antepasados se hubieran resistido al cambio no hubieran asumido el fuego, el bronce, y quizás estaríamos aún encima de un árbol, en posición encorvada, temiendo caminar las sabanas.
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