Solo deseaba que pasaran las horas y que por fin un abrazo de su amada calmara su angustia. Nacería su primer hijo, así que Juan Alberto se mantenía callado y ausente.
Aunque su bata blanca delataba su profesión, este día el doctor Franco Martínez no utilizó la jerga médica para llamar a la calma y absorto de ansiedad recorrió mil una vez los pasillos. Gastó sonrisas fingidas en señal de serenidad y regaló abrazos a los que a diferencia de él hacíamos públicas nuestra preocupación.
-Aleyanis parió, Juan Pablo nació, por fin nació y están bien los dos- , dijo una voz que en ese momento fue colirio para el alma.
Aún recuerdo su cara, sus lágrimas en seco, a escondidas cuando ante la burla sana de su cuñado dijo: – Sé que los hombres no lloran; pero esto es lo más grande del mundo…, de verdad.
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