La infancia es esa etapa mágica a la que todos queremos regresar, la que añoramos cuando crecemos y la que siempre evocamos cuando tenemos cerca a un niño. Quizás sea porque se vive con menos preocupaciones, como afirman algunos, o porque se es más feliz, como refieren otros, pero lo cierto es que esa magia ingenua y colmada de felicidad no regresa.
Jugar a ser peluquera, constructor, cocinera, mamá, papá, y que ese sueño se convierta en realidad solo por instantes, es una emoción indescriptible. Es increíble, y a la vez interesante, detenerse a observar a los niños jugando, o mejor dicho, interpretando un rol en la sociedad cubana, tan real que ni el mejor actor pudiera hacerlo tan bien.
Si bien los niños suelen ser frágiles y dependientes de los padres, cuando los vemos jugar, tan seguros de sí, muestran una personalidad increíble, lo primero que hacemos es reír y hasta decimos: ¡Qué graciosos!, pero lo cierto es que los únicos que estamos jugando y no tomamos las cosas en serio somos nosotros, los adultos.Ellos, con la verdad que suelen profesar, interpretan a la mejor mamá, doctora o a los mejores policías.
Esta etapa de la vida de cada ser humano es la que se recuerda con más ternura por lo que representa. En ello juegan un papel importante los círculos infantiles, esa enseñanza a la que siempre se quiere volver,como si nunca la hubieras pasado. Es donde los padres los encomiendan a las educadoras que harán de su día una total aventura.
Cada día aprenden algo nuevo y llegan a la casa con el descubrimiento más grande que puedan imaginar: un nueva palabra, un juguete, un juego nuevo, una canción, y el entusiasmo es tal, que contagian con él a toda la familia, que se encargará desde ese día y en lo adelante de comunicarles a todos lo nuevo que han aprendido.
La infancia, sustantivo que engloba a todo lo bello y mágico que puede existir, y los niños, esas pequeñas personitas que logran regalar felicidad con tan solo una sonrisa.
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