Sábado , 25 mayo 2019
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La dignidad de un oficio

Manuel era apenas un adolescente de 15 años cuando un amigo de su padre le enseñó los encantos de un oficio tan antiguo como lo es el herraje. No fue fácil aprender, mas, era una obligación teniendo un profesor tan exigente, como lo era un herrero ya experimentado.

Innumerables veces un martillo fue a dar a sus dedos. Largas jornadas de dedicación y las gotas del sudor de su frente, fueron testigos del empeño que puso en aprender.

Cuando pensaba desistir, lo reconfortaba el ánimo de su familia, deseosa de que en un futuro tuviese un trabajo honrado así que poco a poco fue ganando en destreza al colocar los clavos.

Hoy, resistente como el hierro que sus manos forjan en la fragua, Lolo como cariñosamente lo apodan, siente correr por sus venas la fortaleza de los años de labor, el reconocimiento de cuantos consideran la utilidad de su trabajo.

De pequeña cuando lo veía con su indumentaria me preguntaba, será papá doctor o zapatero, hoy puedo decir que tiene un poco de ambas, porque si literalmente pone zapatos a los caballos, mi papá cura desde un casco roto hasta un corazón desilusionado.

Quien lo conoce sabe que Manuel a diferencia de muchos siente orgullo por su oficio. Él no cumplió con las expectativas de otros de ir a una universidad, de tener colgada en una pared un título; pero tiene un galardón al servicio de sus sueños, y  la satisfacción de sentirse útil al haber estudiado en la escuela de la vida, donde se forjan los hombres.

 

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Acerca de Liannys Díaz Fundora

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