Domingo , 19 enero 2020
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La grandeza de Estorino

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La muerte siempre nos emplaza a rememorar. Cuando nos sorprende la partida repentina de algún conocido, los recuerdos se agolpan y emergen de un tirón. Hace seis años, un 22 de noviembre, sentí una gran desazón al conocer el deceso de Abelardo Estorino, en ese entonces -como hoy- recordé mi encuentro con el dramaturgo en el año 2005, y cómo incidió en mi vida posterior.

Yo me estrenaba como estudiante de periodismo en el Semanario Girón, y me habían encomendado la cobertura sobre la jornada homenaje que se le dedicaría al importante escritor matancero en sus ocho décadas de vida.

Más que un honor – a fuer de ser sincero- tal designación lo que produjo en mí fue terror. Publicaría mi primer trabajo periodístico sobre una leyenda de la cultura cubana, y sentí un miedo atroz cuando entendí que mi nombre aparecería junto al de Abelardo Estorino, quien por su condición de matancero, y por tratarse del dramaturgo vivo más importante de Cuba, atraería la lectura de muchas personas. Algo que me quitó el sueño por esos días.

Reconozco que no conocía mucho sobre el teatro, y en honor a la verdad, tampoco sobre Estorino. En esas jornadas conocí que había nacido en Unión de Reyes.

La jornada se llamó 80 Estorinos, y significó mi primer acercamiento al teatro. Pude apreciar por vez primera una gran compañía, la Hubert de Blanck, representando la obra Morir del cuento.

Foto tomada por Ramón Pacheco donde aparece la entonces estudiante de periodismo Yamila Sánchez, el autor del texto, Abelardo Estorino y la también estudiante Sonia Pérez Sosa

Esa noche en el teatro Sauto entendí la importancia de la escenografía, la luz y la música en una puesta en escena. Mi impresionó la calidad de los actores que a pocos centímetros de mí lloraban, reían, gritaban, el teatro como manifestación artística se me descubría como un torrente de emociones.

Esa semana del año 2005 la recuerdo como una gran fiesta. Tuve el privilegio de compartir con personas de la talla de Corina Mestre, Adria Santana, su actriz preferida supe después; conversé con Abel Prieto, entonces Ministro de Cultura.

Texto publicado por el autor en el 2015 en el semanario Girón

Mi vida experimentó un gran salto, del contén del barrio caía, aún pasmado, en una cena con figuras de primera línea, que solo conocía por la televisión, y allí estaban, conversando conmigo como uno más.

En esos días no le perdí pie ni pisada a Pepe, como le llamaban a Estorino sus allegados. Constaté de primera mano cuánto le querían en su pueblito natal, ese que el siempre quiso y adonde regresó una y otra vez, como el hijo pródigo.

Unión de Reyes salió a las calles para saludarle. Una multitud de todas las edades le agasajó desde la calle Nieto, donde nació en el año 1925, hasta la Casa de Cultura. En todas las esquinas le abrazaban. Y vi en los rostros de los presentes el orgullo de contar con un intelectual de su estatura, el único que ostentaba los dos premios nacionales de Literatura y Teatro.

También recuerdo el rostro sereno del dramaturgo ante los continuos reconocimientos; y hasta cierta sonrisa maliciosa cuando en el Centro de Documentación de las Artes Escénicas inauguraron una sala con su nombre. Gesto que casi siempre se realiza post mortem, más allí estaba él, saludable y feliz.

Aproveché el momento para retratarme con él, porque aunque no se lo dije, también sentía orgullo de que mi tierra fuera pródiga en dramaturgos, con nombres como José Jacinto Milanés, Virgilio Piñera y el propio Abelardo Estorino.

Pero lo que más me llamó la atención de aquella intensa jornada, fue la sencillez de Estorino, su humildad, como si cada frase de elogio no tuviera que ver con él. Era proverbial su ecuanimidad, y a pesar de lo cerca que estuvimos en esos días, no logré escuchar su voz, o era apenas imperceptible.

Recuerdo también su elegancia en el vestir; siempre llevaba una enguatada de cuello alto que le hacía parecer mucho más joven. Tuve la impresión que le gustaba posar para las cámaras. Nadie hubiera creído que el importante dramaturgo celebraba sus 80 años. Era tal su vitalidad que nunca olvidaré con la agilidad que traspuso los escalones al subir al proscenio del Teatro Sauto para recibir la Condición de Hijo Ilustre de Unión de Reyes. Se me antojó un mozalbete.

Aquella amplia jornada fue mi bautizo de fuego, mi debut como periodista, y ocurrió de la mano de uno de los grandes del teatro cubano, quien me enseñó el valor de la humildad, que fascina más, cuando se ejerce desde la grandeza.

Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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