Martes , 20 agosto 2019
Es Noticia

La piel del delfín

No hace mucho me contaron sobre un pescador que mató a un delfín. “Aquello fue un crimen” me dijo otro pescador con cara de quien narra una tragedia. “La carne parecía humana; nadie se la quiso comer”, recordó el testigo como quien revive los detalles de un asesinato, un sacrilegio, algo terrible que da escalofríos de solo recordarlo.

Me imaginé al villano de la historia como a un asesino repudiado por sus compañeros de oficio, marchándose en la lancha a toda prisa para escapar de la indignación y el enojo de los otros.

La triste anécdota se proyecta en mi mente con imágenes muy nítidas, como si yo mismo hubiese estado allí, pero se desvanece cuando me fijo en una niña en silla de ruedas que espera al pie de las ruidosas gradas del Delfinario.

Toda esa gente ha olvidado por un rato el blanco y el azul de Varadero, la playa perfecta, para estar aquí a pesar del calor, para ver delfines, y uno se pregunta cómo es posible no amar de inmediato a esas criaturas tan parecidas a personas que cambiaron de forma para adaptarse mejor al océano.

A la niña del sillón de ruedas se le hace difícil ver el show, hay una barrera que no molesta a nadie más pero a ella le limita la visión, excepto cuando los delfines nariz de botella “vuelan” brevemente sobre el agua pasando entre los aros colgados por arriba. Cada vez que el truco se repite el rostro de la niña se vuelve pura luz, una sonrisa amplia enmarcada por sus rasgos morenos.

Y yo río también, porque la felicidad es tan contagiosa o más que la tristeza, y parece brotar de los delfines como si fuera su mejor carta de presentación. Fotografiar a estos mamíferos marinos durante su actuación se siente menos como un trabajo y más como un divertimento, a pesar de que mi piel parece a punto de derretirse por el violento sol cerca del mediodía.

Como chiquillos juguetones, muertos de risa antes y después de cada travesura, los cetáceos parecen locos por entretener a la audiencia, más motivados por el pescado y la felicitación de sus entrenadores que por los aplausos.

El premio del alimento también atrae a un piquete de gatos, oportunistas con estilo y maña, a quienes no molestan las salpicaduras siempre y cuando puedan robarse algún trozo de pescado mientras todo el mundo mira hacia otra parte.

La ciencia por más que trata aún no entiende bien a los delfines. Por lo que sabemos hasta ahora podrían ser casi tan inteligentes como nosotros. Su necesidad casi instintiva de lograr empatía los impulsa a salvar a los náufragos en alta mar. Nos llevan ventaja en todo lo referente al sexo porque saben gozarlo sin las inhibiciones que a nosotros, pobres monos civilizados, nos atormentan. Todos esos retazos de información me vienen a la mente y se quedan rondando como moscas persistentes mientras tomo instantáneas de aquellos mamíferos marinos.

Cuando acaban las acrobacias forman cola quienes desean tomarse fotos para llevar como recuerdo. El entrenador me invita y no puedo ni quiero negarme. Suelto la cámara, y me dejo retratar junto a los delfines, un raro privilegio.

Antes ya me había preguntado cómo sería tocar la piel de un delfín, pero averiguarlo parecía imposible por mis asuntos no resueltos con el mar, siempre mediados por una mezcla de fascinación y pánico.

Bajo las yemas de mis dedos la húmeda piel de la delfina se siente sorprendentemente lisa y suave, como un material a medio camino entre goma y porcelana. Incluso después de retirar la mano aquella sensación táctil, diferente a cualquier otra que yo haya experimentado antes, perdura mientras el agua se escurre entre los dedos y gotea sobre la plataforma sobre las huellas de otras gotas. Varios días después todavía mis dedos recuerdan el contacto de aquella piel lustrosa.

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Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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