Jueves , 21 noviembre 2019
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Lilian y su “amor” por las Matemáticas

Había sido un fin de semana ajetreado para Lilian. Las fórmulas de geometría analítica y del espacio, las razones trigonométricas, los criterios de semejanza e igualdad de triángulos, las propiedades del paralelogramo, la pirámide, el prisma y el cilindro, atiborraban su mente.

Estudiar era el imperativo de aquellas jornadas. El lunes siguiente el profesor de Matemáticas comprobaría los conocimientos de Lilian y del resto de sus compañeros de manera oral, y tendría reservada una ausencia obligatoria al próximo turno de clases, para quien no respondiera correctamente.

Ella como de costumbre dedicó buena parte del tiempo al estudio, por lo que a no ser por las repetidas veces que escuchó de boca de su madre: “Mi niña descansa que te vas a volver loca”, no le molestó para nada el tiempo empleado.

Amaneció feliz, se alistó para la escuela y después del beso de bendición  y el cuídate mucho mi vida de su madre, se aventuró hacia el lugar donde tomaría el ómnibus para la escuela.

El profe de Matemáticas entró con su acostumbrada sonrisa (esa que suelen poner los profesores cuando sabe que los estudiantes están asustados) y el corazón de Lilian latía presuroso al igual que el de los otros estudiantes que allí estaban.

Llegó su turno de responder  y confiada se dispuso a contestar. La voz ronca y templada del profesor lanzó tres preguntas al aire de las que ella solo pudo responder dos. No pudo recordar el un medio de la fórmula del área de un triángulo del que no se conoce la altura y sí la longitud de los lados.1/2(a+b+c)

Entre el estás segura del profesor y su respuesta rectificada rompió a llorar. No lo podía creer, al día siguiente no podría entrar a la clase. Estaba a una semana de la prueba y él, fresco como una lechuga, la había expulsado a ella y a otros seis de sus compañeros.

¿Acaso no tendría corazón aquel que con sus ojos claros y su sabiduría se había ganado el cariño y la admiración de todo un grupo?, con el tiempo logró entender las palabras de aliento de su profe: “Mejor que te equivoques hoy que no el día de la prueba…”

Las lágrimas corrían por aquellas mejillas de colegiala y sus compañeros la consolaban con una palmadita en la espalda diciéndole: “No pasa nada Lili”; pero aún más sentía en su garganta un nudo de rabia e impotencia.

Quizás en aquel momento la joven no entendió las razones por la cual a pesar de su esfuerzo en el estudio la vida le había jugado una mala pasada. Hoy gracias a su  tenacidad y esfuerzo, estudia una carrera universitaria y lo agradece en gran parte a aquel “profesor atravesado” como solían llamarle porque comprendió que  aunque el método pedagógico no fuera el más acertado sí podía ser efectivo.

 

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Acerca de Liannys Díaz Fundora

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Un comentario

  1. Me gusta la historia, lástima q nadie la haya comentado aún.
    ¿Quisiera saber por qué no tiene una imagen propia?
    Sabiendo que el silencio es válido (pertenece al conjunto nulo o vacío), de antemano agradezco su respuesta.

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