Martes , 19 noviembre 2019
Es Noticia

Maravillas

Convertidos en enanos, con las cabezas bajas, las espaldas encorvadas como lomo de gato, así se camina por la Gran Paleocaverna Bellamar midiendo en cada resbalón la torpeza propia y la del otro.

Tiene algo de catedral ese atajo al interior de la Tierra, que se cobra un tributo en sudor y cansancio cuando alguien llega desde la superficie para comprobar cuánto de verdad hay puesto en su leyenda.

Cada hormiga de nuestra caravana lleva su propia luz para encontrar el rumbo entre la oscuridad más espesa que pueda imaginarse, llena de formas picudas y abombadas donde todo tiene alma de piedra, agua y cristal.

La ropa se pega al cuerpo como papel mojado en un ambiente con la humedad cercana al 100 por ciento que nubla los espejuelos y la mente. Cuando se cansan los brazos y las piernas son los ojos quienes los persuaden para seguir porque el Hombre, desde que el mundo es mundo, tiene hambre de maravillas.

Mientras recorremos tan solo una ínfima parte de este laboratorio del carso tropical, me acuerdo de los Enanos de la Tierra Media quienes amaban como nadie la belleza íntima de las cavernas, y se sentían tan a gusto allí donde relucían las gemas más extraordinarias.

Dientes de tiburón, serpentinas translúcidas, espaguetis, cabelleras de muchachas, peces erizados, figuritas de santos, ojos, alas, mantos de lujo, paletas de pintor, copos de nieve coloreada, recortes de repostería, flores de papel arrugado, donas y huevos fritos, lámparas rechonchas…los ojos ven lo que la mente quiere en las formas cristalinas, goteantes, relucientemente pulcras o manchadas por el hollín de las antorchas, congeladas en un momento eterno.

El Salón de Las Esponjas está lleno de belleza mineral, un capricho bordado con hilo blanco sobre el desnudo de la piedra.

Me siento como…no, soy el elefante en la cristalería, con mi casco que percute a ratos en el techo bajo donde se arraciman las formaciones más delicadas, y rompo alguna por descuido. La culpa cae una y otra vez ante mi rostro con la apariencia de un polvillo fino y brillante como el confeti.

Afortunadamente lo mejor, lo más valioso de Bellamar, la crema de la crema, está perfectamente lejos de nuestro alcance, a salvo de mi, de nosotros, los torpes humanos que no estamos hechos para movernos con soltura entre cosas tan frágiles.

Fósiles de erizos de mar en las paredes. En el suelo rojo huesitos amarillentos, diminutos, de jutía.

Subir y bajar, bajar y subir. Cuando acaba la caminata de ida y vuelta salimos todavía sin erguirnos del todo, cautelosos como si las estalactitas de roca dura siguieran muy cerca de nuestras cabezas.

El aire fresco nunca tuvo un sabor tan delicioso, entrando por la boca y la nariz, llenando los pulmones, tonificando la carne cansada, emborrachándonos de puro alivio.

De regreso en la superficie es difícil sacudirse del todo la sensación de estar todavía bajo tierra, como pegado al caliente corazón del mundo para descifrar sus misterios, entre latido y latido.

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Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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