Domingo , 20 octubre 2019
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Yo, entre palabras…

No recuerdo bien cuando fue la primera vez que enlace algunas ideas mediante palabras, cuando intento buscar en el tiempo esa primera vez que me vino el impulso de escribir, me vienen a la mente dos momentos de mi infancia: una carta a una niña de la cual nunca supe su nombre mientras ella ignoraba que yo existía; y aquella carta de despedida a una perrita que me obligaron a regalar.

Ambas misivas las escribí en mi cuarto sobre una mesita de noche de cedro que me servía de escritorio, aunque lejos estaba de pensar que ese sería el camino que escogería muchos años después, aunque mi madre le asegurara a sus amigas y vecinos que yo sería escritor o algo vinculado a las letras.

Pero mi afición a las letras no solo tuvieron su génesis en las dos carticas escritas, creo que tuvo estrecho vínculo con mi afición a comprar libros. Siempre que iba a la bodega a buscar los mandados, me llevaba al estanquillo cercano y con el vuelto restante compraba todo tipo de libros (eran muy baratos en esa época).

Lo curioso es que no me sentía motivado a leerlos, pero disfrutaba observarlos bien dispuesto en un pequeño escritorio que me construyeron. Aunque no los leía compraba volúmenes de todos los tamaños y sobre cualquier temática: lo mismo almacenaba uno sobre álgebra ¡nada más y nada menos que en ruso!; que otro sobre Teología. Mi afición por conservarlos llegó a tal punto que una vez me di un festín en un basurero con una biblioteca abandonada. Pero en ese tiempo apenas leía, solo un que otro librito de cuento infantil que mi madre me compraba. Mucho menos escribí otra carta.

Mi hábito de lectura cobró fuerza ya bastante crecidito, digamos que en el Pre Universitario. Desde mucho antes había despertado en mí una necesidad de leer palabras impresas, de adentrarme en la Galaxia Gutemberg. Fue entonces que en los turnos de las asignaturas de ciencias, las más aburridas y más difíciles también, empleaba el tiempo en leer los forros de las libretas de mis amigas, muchos con hojas de revistas.  Ese fue mi primer acercamiento a la lectura. Debo destacar que siempre leí los libros de historia a destiempo, es decir, en onceno grado me leía los libros de décimo, de punta a cabo, eso sí.

Fue en duodécimo cuando una amiga se me acercó  y me sugirió que leyera con más disciplina, que se veía que yo tenía cierta vocación hacia las letras, que probara con Un Hombre de verdad, de Boris Polevoi. Yo, en un arranque de osadía desmedida preferí comenzar con El Siglo de las Luces, de Carpentier. Fue una especie de mazazo en los sentidos, juro que nada entendí.

En unas vacaciones de verano al culminar el Pre y a las puertas del Servicio Militar tuve la oportunidad de viajar fuera de la provincia sin la compañía de un adulto por primera vez. Como ya llevaba muchos días en Cienfuegos, donde vive parte de mi familia materna, empecé a sentir cierto aburrimiento. En una de esas tardes descubrí en un estante de una habitación en la casa donde me quedaba, un ejemplar del autor soviético mencionado por mi amiga. Lo tomé en mis manos, me senté en el portal, y lo devoré en un día. Ese fue mi nacimiento como lector.

Debo agregar que en una ocasión anterior una compañera de mi madre me sugirió un breve relato de García Márquez, Aventuras de Miguel Litín, que también devoré con profusión, pero nunca más tomé un libro hasta disfrutar, una tarde veraniega, de las peripecias de un piloto soviético derribado que pierde las piernas, y que decide volver a volar.

Desde entonces me volví un adicto a la lectura, lo que se vio favorecido por las largas horas de guardia en el Servicio Militar. Siempre llevaba escondido un libro el cual culminaba en dos días a lo sumo. Mas nunca volví a escribir, y no sentía la necesidad de hacerlo. En esa época quería estudiar Historia del Arte. Ese era mi mayor deseo.

Una vez decido acompañar a una amiga a realizar un examen de aptitud de actitud de periodismo, no s{e si fue su sugerencia o mis ganas de probar si de algo había servido tantos libros leídos, que decido presentarme al examen. Entonces surge la posibilidad de estudiar esa profesión de la que nada sabía.

Una vez en la universidad fue como si una fuerza interior hasta ese momento dormida, se desatara en mí: comencé a escribir hasta el sol de hoy.

Esta mañana estoy aquí escribiendo estas notas que hablan de mí mismo, porque quien ha vivido algo siempre tiene algo que contar. Además, para eso cree esta columna entre otros tantos motivos: para lanzar una perorata de vez en vez, cuando el periodista, ese que vive de perseguir historias, se encuentra dormido, o cuando el Arnaldo que sufre trata de aplacar los sentimientos con croniquillas cursis y difusas.

Hoy solo quería rememorar mi vínculo con las palabras, que al paso de los años, ha sido mi forma de existir, mi tabla de salvación. Renazco ante un libro o cuando logro construir un texto aceptable…es cuando realmente soy…

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Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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