Habana.
Hermosa Habana…
La Habana vive sus 500 años. Son muchos, pero su belleza y dignidad le preservan una eterna juventud.
¿En qué momento la muchachita dejó caer su pañuelo para atraer nuestra atención? Esa pudiera ser la historia que les cuente hoy.
Las primeras imágenes que acuden a mi mente de la entrañable Habana, no son precisamente las más edificantes. La visita con mis padres a una pariente enferma en hospitales de la gran ciudad o a algún solar de la barriada de Cayo Hueso donde se recuperara, me reparan escasos recuerdos gratos.
Acaso los más felices los asocio con aquellas revistas de historietas sobre Da Vinci o Arquímedes, que al fin me dejaron comprar a alguno de los vendedores callejeros que abundaban en la urbe. Corrían los años 50 del pasado siglo y las pesetas escaseaban.
Sin dudas una de mis visitas de mayor impacto se produjo durante los Primeros Juegos Deportivos Escolares, en los que participé en calidad de atleta con apenas 13 años. El alojamiento en la antigua Escuela de Belén y la participación en las competencias de atletismo en el Estadio Pedro Marrero, dejaron su impronta.
Pero no fue menos el traslado entre cantos y bochinches, por sus amplias avenidas hacia las instalaciones deportivas, donde competían los demás equipos matanceros. Un momento especial lo constituyó la inauguración de los juegos en el Centro Deportivo Eduardo Saborit, con toda la liturgia de una cita olímpica y la presencia de Fidel.
Después vinieron competencias y visitas a otras instituciones deportivas, como el Estadio Universitario Juan Abrahantes, la Ciudad Deportiva y el Latinoamericano. En el primero de estos conocí a Rafael Fortún, gloria del deporte cubano, que entonces cumplía funciones como juez de pista en una competición juvenil.
Las caravanas hacia La Habana de las grandes concentraciones populares hermanaba a trabajadores, campesinos y estudiantes, que partíamos hacia la urbe para manifestar nuestro apoyo a la Revolución que crecía.
El descubrimiento de cines, teatros y centros nocturnos los contaré en otro momento. Ahora solo hago referencia al Salón de Mayo de París que en 1967 atravesó los mares para mostrarse en el habanero Pabellón Cuba. Experiencia inédita hasta entonces que ya les conté en otra Crónica de un caminante.
Sobre el cielo azul de La Habana volaban palomas como símbolos de paz, mientras la canción de Los Zafiros ofrecía nuevas perspectivas de una ciudad que se dejaba querer.
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