Miércoles , 12 agosto 2020
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¿Leones o Cocodrilos?

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Yo pude ser industrialista…pero no.

Lo digo porque de pequeño simpatizaba, como todos en casa, con el equipo Almendares de la pelota profesional cubana. Y vaya si defendía con pasión la novena que para entonces integraban hombres como Edmundo Amorós, Ángel Scull y Leopoldo Posada. En ocasiones se armaba la grande, rodeado como estaba por fanáticos de los restantes equipos.

Ya se sabe que Industriales es palabra de cuatro sílabas como Almendares, que ambas riman entre sí y que utilizan la misma tipografía. El equipo actual heredó el color azul del primero. No adoptó al alacrán como su mascota, en cambió se apropió del león que si lo era del Habana. No creo que todo ello sea por mera casualidad.

Mascotas de Industriales y Matanzas. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.

Por demás siempre admiré a La Habana y no precisamente como el guajirito deslumbrado. En ella pude ampliar conocimientos, visitar instituciones, desandar sus calles y sobre todo compartir con su gente.

Pero el terruño es el terruño. Y uno puede admirar y agradecer lo que vivió y conoció en otros lugares y hasta guardar entre los recuerdos más preciosos, un espacio especial para ellos. Eso me ocurre con La Habana y la he cantado en ocasión de su 500 cumpleaños.

Pero mi tierra señores, esa que me enamoró con sus ríos y su bahía, con sus leves colinas cruzadas de largas calles y vetustos edificios, que fundió la genuina cultura popular con la de alto abolengo, esa no puedo ni quiero cambiarla por nada.

Por eso cuando de pelota se trata, no puedo ser industrialista. Fui henequenero, como fui citricultor*, y siempre matancero acompañaré mi equipo en las buenas y en las malas, aunque a veces cuando los resultados no son los deseados, se nos escapen algunos improperios.

Y toda esta perorata tiene que ver con un sencillo pero ocurrente suceso callejero que me pareció digno de ser contado. Hace pocos días, viajaba en la ruta 19 de la ciudad de los puentes, cuando suben al ómnibus 3 pasajeros. Estos venían juntos y aunque rebasaban los setenta años se veían fuertes y entusiastas.

Una señora de las cuatro décadas, para decirlo con una frase de Arjona, da espacio en su asiento a uno de los pasajeros recién montados. De inmediato se entabla un animado debate beisbolero entre aquellos y otros conocidos suyos que ya venían en el transporte colectivo.

Yo venía en un asiento delantero, pero de espaldas y presencio como la señora antes mencionada, da muestras con su rostro de alguna agitación. ¿Será incomodidad? Debo advertirles que la presunta señora era dueña de un agraciado porte, finas maneras y bello vestir.

Para los improvisados comentaristas, …”el equipo Industriales cuenta con el beneplácito de las autoridades deportivas, con el beneficio de los árbitros y la preferencia de la prensa y solo eso explica el modo que llegaron a clasificarse para las semifinales de la Serie Nacional”. Llegado este minuto la interesante señora de las cuatro décadas parece no soportar un minuto más de aquel escándalo beisbolero.

Me mira como suplicante, pero sus labios dibujan una sonrisa, se pone de pie y exclama – clasificaron porque son los mejores.

Entonces, la sonrisa que le devolviera se me congela en el rostro, en tanto ella desciende del ómnibus, la muy presumida.

Acerca de Angel Rodríguez Pérez

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