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A puro corazón

La obligatoriedad de las circunstancias puede resultar algo macabro y lacerante. Eso lo reafirmé la noche del pasado sábado tras disfrutar en demasía, con los ojos aguados, la última entrega de la teleserie Conciencia.

Creo que el programa se ha superado con cada entrega semanal y este último capítulo resultó todo un mazazo. A mi entender, el texto televisivo desnudó con acierto un fenómeno muy cubano y doloroso. El material fue muy ilustrativo y, pese a mis carencias como crítico de arte, muy real y atinado. Sin exceso de drama, Rudy Mora y el equipo bajo su mando, pusieron sobre el tapete nacional algunas de las aristas más complejas que caracterizan la realidad de muchos de los jóvenes profesionales cubanos, entre los cuales, perdón, me incluyo.

Y ya sobre esa cuerda, me atrevo a preguntar: ¿Habrá alguna estadística que analice en profundidad la realidad de estos muchachos? ¿Habrá datos fehacientes sobre las aspiraciones, logros, desencantos y problemas de esos recién graduados, llenos de ímpetu y deseos, que salen de las academias listos para, literalmente, comerse el mundo? ¿Cómo resolver las múltiples carencias de una sociedad como la nuestra y al mismo tiempo tratar de que los proyectos de vida de nuestros chicos lleguen a puerto seguro, sin descalabros o migraciones?

La llegada de un joven a cualquier institución creo debe comprenderse como una oportunidad. Es, sin dudas, una garantía de continuidad y el arribo de conocimiento fresco y actualizado. Resulta sinónimo de empuje y sueños por realizar y en consonancia, deben crearse allí condiciones para que su crecimiento profesional sea seguro, para que sus aspiraciones no se vean truncadas por falsas creencias o venenosas manifestaciones de envidia. No deben existir “salas oscuras” y sí espacios de discusión, de propuestas, de asesoramiento y consejo.

Pero en muchas ocasiones, tal como demostró el capítulo del último sábado, no es suficiente. El contexto cubano actual y sus ramificaciones económicas conspiran determinantemente contra las aspiraciones de muchos jóvenes graduados. Sus necesidades y aspiraciones, más allá del ámbito laboral, lamentablemente no pueden ser resueltas a puro corazón.

En la teleserie, el personaje interpretado por el actor Carlos Luis González se abruma ante el peso del contexto y decide abandonarlo todo, pese al dolor de decirle adiós a lo que ama y escogió para vivir. Un hijo es un competidor ganador ante cualquier otro tipo de supuestas prioridades, y en ese espejo se pudieron ver reflejados miles de profesionales que padecen hoy la lejanía, la falta de vivienda o las penurias del salario.

Cuba no puede darse el lujo de perder trabajadores calificados. Solo el costo de su formación ya de por sí es suficiente argumento. No obstante, sus repercusiones son más profundas en un país que necesita pensamiento renovador, ideas frescas, innovación y osadía. Empero, también sé que la economía de Cuba se aprieta el cinturón constantemente y que cada peso que se gasta tiene una responsabilidad y un destino, sin embargo, hay que pensar en -y para- la juventud y sus variadas exigencias, so pena de padecer, a largo plazo, la falta del necesario combustible que alimente el desarrollo nacional.

Hay mucha gente buena y joven dando lo mejor de sí todos los días en Matanzas y sé que Luis Gustavo, Almizaday, Julio o Figueredo no me dejarán mentir. Quizás porque entiendo que en muchas ocasiones, como otros muchos jóvenes cubanos, hayan puesto el corazón y las ganas por delante de cualquier aspiración material, aunque esto conspire, a la larga, con sus proyectos y sueños personales.

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Acerca de Gabriel Torres Rodríguez

Periodista. Especialista en Marketing Digital y editor web de la Editora Girón

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