Martes , 3 diciembre 2019
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La memoria

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La memoria es fiel compañera hasta que llega la demencia senil en sus variadas manifestaciones. Por ello, es conveniente entrenar siempre la función del cerebro que permite al organismo codificar, almacenar y recuperar la información del pasado, de  manera que posibilita retener experiencias y aprender de ellas a cualquier edad.

 

Es  obvia realidad sobre la que no acostumbramos a meditar. Pero puede sacarnos de algunos “apuros” existenciales, sobre todo cuando nuestro entorno de vida  nos sitúa en posiciones difíciles y comienza a arder en el alma alguna que otra pregunta inquietante, especialmente las que tienen que ver con la incertidumbre existencial: ¿habrá valido la pena…?

 

Afuera llueve. El servicio eléctrico está interrumpido. Por teléfono me responden que tardará todavía en restablecerse. La computadora se apagó. El ventilador también. La batería de la lámpara auxiliar está descargada. Debo recordarlo cuando llegue la luz… Es noviembre, pero parece agosto porque el calor perdió el pasaje del tiempo y se ha quedado merodeando junto con los mosquitos oportunistas. Acudo al viejo método: abanico en mano, echado sobre el lecho. Abro la puerta a recuerdos recientes y antiguos. Los primeros me traen a la mente al nieto más pequeño, estrenando fin de curso en sexto grado, soñando con la secundaria básica y el cambio de uniforme, intentado acentuar una independencia de aspirante a adolescente consentido…  La memoria impone imágenes como en un video clip. Me voy atrás…

 

Frente a la puerta principal de un mercado de El Ferrol, en la norteña comunidad gallega de la desarrollada España, una  gitana de 11 años de edad pregona a toda voz a las seis de la mañana: “¡Colchones! ¡Se compran colchones viejos!”. A las seis de la tarde, con el susurro que aún le sale de sus pulmones, se le puede todavía escuchar en el empeño de comprar “lo que queden de sus viejos colchones”.

 

Entre las callejuelas salidas de las páginas medievales de Ruan, en el norte francés, dos adolescentes echados sobre los adoquines de una esquina descifran el prisma singular formado  dentro de una nube posada sobre la iglesia de Juana de Arco. Están drogados…

 

Por entre el semidesierto de Diri Dawa etíope, catorce niños avanzan en fila, cada uno con su carga de leña sobre la cabeza, recolectada después de caminar varios kilómetros. El sol los castiga de frente, pero no se detienen. “Están entrenados”, justifica un militar local, quizá extrañado de mi sorpresa. “Tienen el hambre clavada entre los huesos del rostro”, pienso.

 

Son imágenes vistas in situ por este comentarista. Puedo citar muchas más en este noviembre caluroso, traídas por la memoria involuntaria, esa que asalta antes de dormir y en los momentos de reposo obligado.

 

Retorno al  Caribe para divisar a numerosos muchachos entre seis y 15 años de edad, disputándose la limpieza de parabrisas de autos, detenidos por la luz roja en el semáforo en una céntrica avenida de San Salvador. “Se juegan la vida por unos centavos”, dice Roberto Fonseca, mi guía en el redescubrimiento de instantáneas que tenía extraviadas en la memoria cubana.

  Sólo en América Latina cifras conservadoras subrayan hoy que cuarenta millones de niños viven en la calle. Desgarra el alma saber esas verdades. Retorno al terruño y contemplo a mi nieto más pequeño entre una muchedumbre multicolor en la que sobresalen las pañoletas rojas y azules.   Ya atrapé la respuesta a la pregunta inquietante: Sí, valió la pena… Y me quedé dormido.

Acerca de Roberto Pérez Betancourt

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Licenciado en Periodismo en Universidad de La Habana. Profesor periodismo Universidad Matanzas. Graduado en Administración de empresas. Diplomado en Psicología pedagógica

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