Un tiempo luego de la separación ella decidió continuar y abrirse a la felicidad, pero fue entonces cuando descubrió un lado que nunca imaginó ver en Manuel.
Primero comenzaron los acosos y amenazas, y luego fue escalando hacia una cadena de sucesos violentos, todo porque a su exesposo le era inaceptable el brillo en la mirada de ella, quien iniciaba una nueva relación amorosa.
“Yo era víctima de violencia por parte del padre de mi hija. Él no permitía que tuviera otra pareja, me ofendía, me amenazaba a mí y a mi compañero, hasta me retiró la ayuda económica para la mantención de la niña. Era una situación difícil, pues no quería denunciarlo por mi hija. No imaginaba diciéndole que su papá se encontraba preso”, dice ella desde el anonimato, decidida a compartir su experiencia y ayudar a concientizar del grave problema que la violencia contra la mujer supone.
“Fue entonces que llegué hasta la casa de Orientación a la Mujer y la Familia aconsejada por una amiga que había recibido ayuda allí. Me atendieron y orientaron dos psicólogas, quienes trataron también a mi esposo. Aunque con él ya había hablado toda su familia y la mía, no cedía. Por eso, necesité la ayuda de la PNR, estaba negado a reflexionar. Entonces le pusieron un acta de advertencia. Cada encuentro nuestro era muy ofensivo, pero gracias al trabajo de los especialistas y trabajadores de la Casa él fue cambiando y entrando en razón. Se reivindicó y ahora tenemos buenas relaciones”.
HISTORIAS REALES
Aunque pueda parecer historia de telenovelas o de teleplay, lo cierto es que la violencia contra la mujer existe y va más allá de la agresión física que es la forma más visibilizada. Existen otras más silenciosas, pero también muy lacerantes que pueden ser, a veces, subestimadas por la sociedad y los propios implicados.
“Aunque las mujeres cubanas constituyen hoy parte imprescindible de la sociedad y han conquistado su merecido espacio, aun ocurren casos en los que concepciones sexistas aún arraigadas en el pensamiento y la acción de algunos ciudadanos provocan actos agresivos contra mujeres, siendo las Lesiones y Amenazas los más frecuentes, pero coexisten también delitos de Asesinato y Homicidio, constatándose una marcada violencia de género.
“Pero otros ejemplos son producto de la falta de interiorización de la responsabilidad compartida ante la atención a los familiares o del hogar, un asunto en el que existe una marcada feminización, al considerar que es ella la que debe renunciar o comprometer su vida laboral y social para encargarse del cuidado de la familia, aún y cuando la legislación laboral y en particular la de la maternidad ofrecen iguales condiciones para asumir esta tarea por parte de los padres”, asegura Eralis Guerra Macías, psicóloga de la Fiscalía Provincial de Matanzas.
No son los únicos motivos. Ignorancia sobre los diferentes tipos de violencia, tabúes sobre la masculinidad y la feminidad, desconocimiento sobre qué hacer y el miedo al qué dirán influye no solo en las victimas, sino también en los que, desde afuera, sienten la necesidad de hacer algo, de ayudar.
Por tal motivo muchas veces las personas no comprenden que coaccionar y limitar la libertad de la mujer resulta una manifestación explícita de violencia de género, y no se trata solo de golpes y amenazas, sino también de insultos, desprecio, chantaje…
Sin embargo, a veces las soluciones se ven limitadas por el propio proceder de las víctimas y su entorno, quienes ejercen presión, incluso inconscientemente.
“En muchas ocasiones las mujeres e incluso la familia tratan de minimizar esos primeros síntomas de violencia, ya sea justificándolos o creyendo en promesas de no repetición. La misma comunidad en ocasiones prefiere no intervenir por ese dicho de que entre marido y mujer nadie se puede meter. Esto hace que las mujeres, especialmente cuando se deciden a aplicar acciones judiciales contra sus agresores puedan sentirse aisladas, e incluso desistir de tratar de romper la espiral ascendente que implica la violencia de género”, asegura Alina Domínguez García, Fiscal Jefa del Departamento de Protección a la Familia y Asuntos Jurisdiccionales.
DESDE LA PSICOLOGÍA Y LA CIENCIA
Estudios realizados confirman que la violencia pasa por un ciclo en el cual pueden repetirse las fases. En la mayoría de los casos el victimario seduce, convence, hace regalos, promete. En ese periodo, la víctima se decide a no denunciar o a retirar la denuncia. Luego sobreviene una etapa de acumulación de tensiones y es cuando ocurre un nuevo hecho violento.
Quienes no logran romper ese círculo vicioso experimentan intensas frustraciones. Según explica la psicóloga Laura Magda López Angulo, en su libro Ayuda psicológica a las mujeres víctimas de violencia de pareja, sentimientos de desamparo, culpa y vergüenza embargan a dichas mujeres. Sufren, entonces, un desequilibrio funcional que limita su autodominio, su capacidad de enfrentamiento. Por ello, para solucionar esta crisis se precisa de apoyo psicológico.
Por otro lado, es conveniente dotar de herramientas psicológicas elementales a quienes laboran en las diversas estructuras encargadas de brindar protección a dichas víctimas, como los Órganos de la PNR, Médicos de Familia o Áreas de Salud y Oficinas de Atención a los Derechos Ciudadanos de las Fiscalías Municipales.
Desde el punto de vista sociológico, los científicos apuntan hacia las raíces culturales de esta problemática. En el libro Violencia de género en la familia. Encrucijada para el cambio, sus autores resaltan que el sexo es una cuestión biológica, sin embargo, lo masculino y femenino se establece bajo la influencia de los preceptos de cada contexto socio-histórico y cultural.
Así lo entiende también Humberto David González Figueroa, juez profesional del Tribunal Provincial. “El problema de la violencia no se resolverá nunca con las leyes, pues lo que ocurre en los hogares puertas adentro, es decir si los hombres o las mujeres son más o menos machistas, ese es un tema cultural y no evoluciona a la misma velocidad de las normas.
Las mujeres pueden ser víctimas de un sinnúmero de delitos, de amenazas, de lesiones, violaciones, trata de personas, de proxenetismo. También existen casos de abuso y explotación de menores, los cuales poseen una marcada respuesta legal. Por lo tanto, voluntad estatal existe y la estructura está diseñada para que no exista ningún tipo de discriminación. Pero ¿dónde está la discriminación? Pues ocurre en lo social, en lo psicológico, en lo individual.
Tanto Domínguez Garcia como González Figueroa admite que las normas legales para sancionar los delitos de violencia de género sí pueden ser perfectibles, no obstante, enfatiza que la represión no resuelve el problema. “La gente piensa que con más años de cárcel ocurrirán menos hechos. No es cuestión de mayor o menor severidad. La violencia no va eliminarse nunca por medio del tribunal de lo penal. La sanción puede resolver un conflicto concreto, pero el verdadero enfrentamiento debe desarrollarse en el plano social, educativo. Es muy probable que un hombre que comete estos errores y pase varios años en la cárcel, continúe con actitudes machistas, no va a cambiar, porque esta característica tiene un trasfondo cultural”.
¿QUÉ HACER ENTONCES?
De esta realidad conocen especialmente quienes laboran en las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, espacios con un rol activo como mediadores en conflictos de violencia. Las Casas abren las puertas a quien resulte objeto tanto de maltrato físico, ofensas y humillaciones.
Aquí un equipo multidisciplinario (integrado muchas veces por psicólogos, psiquiatras, especialistas de vivienda, personal jurídico, entre otros) acompaña a las víctimas para alejarlas de en un camino obstaculizado por la depresión y el miedo.
Niurka La Osa Roldán, funcionaria de la dirección municipal de la FMC, desde hace 11 años trabaja en esta organización y ha aprehendido diversas herramientas para tratar dicho mal. “En la atención a muchos de estos casos se han desarrollado terapias familiares, visitas a domicilio, hasta intentamos persuadir a los agresores. Cuando no funciona la persuasión apoyamos y guiamos a la víctima en el proceso de denuncia, claro si esta lo decide así. Nosotros somos los encargados de orientarle a dónde debe ir para resolver su problema, ya sea a través de fiscalía u otra entidad”.
Aunque las manifestaciones de violencia en el seno familiar o en el plano de la pareja devienen las más sensibles, estas conductas negativas pueden presentarse en otros espacios sociales como ámbitos laborales, barrios, instituciones escolares y medios de comunicación.
“Han llegado hasta nosotros mujeres que han sufrido maltratos por parte de sus jefes. Pero, últimamente hemos atendido mayor cantidad de casos de violencia intrafamiliar, incluso a aquellos que implican a personas de la tercera edad. Por ejemplo, apoyamos a una ancianita que era desatendida y agredida verbalmente por su hija y nietas. La adulta mayor era la propietaria de la casa”, cuenta también Berta Suárez Gasmuri, funcionaria de la FMC provincial.
Por la importancia de prevenir esto hechos, la FMC no espera a conocer los hechos, sino que impulsa diversas acciones orientados hacia los segmentos poblacionales, tales como talleres, mesas y reflexiones para brindar las herramientas para prevenir la violencia y actuar en consecuencia.
Por otra parte, la Fiscalía General de la República como órgano de control de la legalidad tiene entre sus funciones constitucionales la protección de los derechos ciudadanos, ocupando un lugar muy especial en esta misión las acciones encaminadas a la protección de los derechos de mujeres y niñas, en particular a la lucha contra todo tipo de discriminación de género y contra la violencia hacia las féminas.
“Nuestro país ha abogado siempre por la justicia social e incluye normativas relacionadas con la equidad de género. El Código penal cubano, contempla el Delito contra el Derecho de Igualdad en su Artículo 295.1 el cual estipula que: “El que discrimine a otra persona o promueva o incite a la discriminación, sea con manifestaciones y ánimo ofensivo a su sexo, raza, color u origen nacional o con acciones para obstaculizarle o impedirle, por motivos de sexo, raza, color u origen nacional, el ejercicio o disfrute de los derechos de igualdad establecidos en la Constitución, incurre en sanción de libertad de seis meses a dos años o multa de doscientas a quinientas cuotas o ambas. Asimismo, también existen artículos que, aunque no se enfocan estrictamente hacia actos violentos contra mujeres y niñas, sí sancionan la VIOLENCIA en sus diferentes manifestaciones: psicológica, física, sexual y económica”, informa Guerra Macías.
Pero más allá de leyes e intención estatal, la sociedad y todos sus integrantes deben ser conscientes del grave problema que representa la violencia de género, así como de la obligación de cada uno de poner un freno a este mal silencioso.
Las soluciones y vías de ayuda existen, pero cada uno debe ser consciente de que una mano que pega no acaricia, una boca que grita no apoya y un corazón que maltrata a su pareja, no ama.
Su imagen más cercana




