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Tributo al valor e internacionalismo

Hoy se celebra en mi ciudad de Matanzas, como en toda Cuba, la Operación Tributo, que no es más que el nombre que se dio en el año 1989 a la acción de trasladar de regreso a territorio nacional los restos mortales de los cubanos caídos en misiones internacionalistas en países africanos. Pero pensaba en esa fecha desde días antes, cuando tuve la oportunidad  de ver, una vez más, la excelente película Estación blanca y seca.

El filme desnuda lo que fue el régimen del Apartheid en Sudáfrica. La propuesta  cinematográfica narra las peripecias de un profesor que intenta desenmascarar el terror desatado contra los negros en aquel país.

Todo comienza luego que su jardinero muere víctima de las torturas, por el simple hecho de indagar sobre la muerte de su pequeño hijo, participante en los disturbios de Soweto.

Como bien sentencia uno de los personajes, madre y esposa de las víctimas: “los vivos cierran los ojos de los muertes, lo muertos abrirán los ojos de los vivos”, cuántos negros debieron morir resistiendo la segregación racial y la despiadada represión de la policía militar, con la anuencia de gran parte de la población blanca y las grandes potencias.

De improviso me vino a la mente Angola y el papel decisivo de los cubanos en la eliminación del oprobioso régimen: 300 mil de mis compatriotas combatieron en África, y contribuyeron a la independencia de Namibia.

Angola es un nombre recurrente en mi vida. Recuerdo que de niño mis vecinos se ausentaban meses, años, entonces escuchaba hablar de un país lejano.

Ocho de mis primos hermanos cumplieron misión internacionalista en aquel continente. Cuando llegaba algún familiar mío a casa me preguntaba si quería escribirles una carta. Mi mente de niño no alcazaba a comprender qué hacían en Angola, y las cortas líneas que lograba construir no tomaban en cuenta la peligrosidad de la misión, ni las circunstancias de una guerra.

Mis primos nunca llegaron a saber que cuando los internacionalistas regresaban en un auto marca Volga, advirtiendo a todos de su llegada, por la insistencia del claxon, yo aseguraba que ahí volvían ellos, mis primos.

Con cuánta alegría llegué una vez a mi casa cuando desde uno de esos autos una mano me extendió un saludo. Hoy, en cada cuadra hay un veterano de Angola, y en nuestros cementerios descansan los restos de 2077 caídos, a donde le pueblo acude cada siete de diciembre para rendir tributo eterno.

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Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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