Martes , 10 diciembre 2019
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De codos en el puente junto a José Jacinto Milanés

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Por las calles de la Atenas de Cuba vagan sus versos como eternos acompañantes de la urbe y los amores que en ella nacen para ser -algunos- prohibidos. Los poemas de José Jacinto Milanés viven en los arcos, las aguas y los adoquines que le vieron y sintieron a su paso de enamorado.

De codos en el puente junto a José Jacinto MilanésDe codos en el puente, imagen ilustrativa. Foto: Miguel Márquez Díaz. Modelo: Liannys Díaz

De codos en el puente

Le poéte en des jouds impies
vient preparer des jours meilleures,
il est l’homme des utopies:
les pieds ici, les yeux ailleurs.
V. Hugo, Les rayons et les ombres.

San Juan murmurante, que corres ligero
llevando tus ondas en grato vaivén,
tus ondas de plata que bate y sacude
moviendo sus remos con gran rapidez,
(monstruoso cetáceo que nada a flor de agua)
la lancha atestada de pipas de miel:
San Juan, ¡cuántas veces parado en tu puente
al rayo de luna que empieza a nacer,
y al soplo amoroso de brisas fugaces
frescura he pedido, que halague mi sien!
Entonces un aura, la más apacible
que en ondas marinas se sabe mecer,
que empapa sus alas en ámbar suave,
y a aquel que la implora le besa fiel,
haciendo en las olas que mansas voltean,
un pliegue de espuma, deshecho después,
llegaba a mis voces, cercábame en torno,
bañando mi frente de calma y placer:
y yo silencioso y a par sonriendo,
a Dios daba gracias del hálito aquél,
del beso del aura que casi es tan dulce
como es el de amores que da una mujer.
Mas siempre que pongo, San Juan murmurante,
el codo en el puente, la mano en la sien,
y siempre que miro los rayos de luna
que van con tus ondas jugando tal vez,
cavilo que fuiste, cavilo lo que eres:
y allá en las edades que están por nacer,
medito si acaso serás este río
que surca la industria con tanto batel,
o acaso un arroyo sin nombre, sin linfa,
que al pie de un peñasco, sin ser menester,
estéril filtrando, te juzgue el que pase
vil hijo de un monte sin nombre también.
que al paso que llevan los varios sucesos
que nunca atrás vuelven el rápido pie,
no extrañan los ojos ver llanos mañana
los cerros cargados de quintas ayer.
Asáltame a veces algún pensamiento
que el seno me oprime, y el débil poder
del ánimo triste, ni basta a templarle,
ni estorba tampoco que hiera cruel.
Amante ardoroso del arte divino
que esparce los rayos del claro saber,
sectario constante de todas ideas
que al lento progreso le suelten el pie,
desnudo de fuerza, privado de apoyo,
engasto en la rima, que sabe correr,
los gritos, los ecos de hermosa cultura
que atajen los males y tiendan al bien.
Mas ¡ay! ¡manso río! que van mis canciones
como esas tus ondas, que en dulce lamer
las unas tras otras tus márgenes corren,
y allá en la bahía se pierden después.
Y no me conceden los mudos destinos
la gloria profunda y el hondo placer
de verte ¡oh, Matanzas! ciudad adorada
que en dobles corrientes el rostro te ves,
colmada de fuerzas, colmada de industria,
feliz acogiendo, sin agrio desdén,
las artes hermosas que vagas mendigan,
y al vicio dedican su triste niñez.
Con todo, yo espero (porque es la esperanza
la amiga que el vate no puede perder)
que vean mis ojos un alba siquiera,
si un sol de cultura mis ojos no ven.
Si no, ¿de qué sirven, San Juan apacible,
tus aguas que brillan en manso correr,
tus botes pintados de rojo y de negro,
que atracan airosos a tanto almacén,
y el canto compuesto de duros sonidos
de esclavos lancheros que bogan en pie,
y alzando y bajando las palas enormes
dividen y azotan tus ondas de muer?

Con esta obra damos inicio a una sección de poesía que titularemos igual que el poema. Podrá encontrar aquí versos de autores diversos, archiconocidos y noveles, que trataremos de regalarle para su deleite y crecimiento cultrural.

Glosa biográfica de José Jacinto Milanés extraída del Diccionario de la Literatura Cubana

(Matanzas, 16.8.1814-Id., 14.11.1863). Fue el primogénito de una familia numerosa y de escasos bienes de fortuna. Asistió a la escuela de Ambrosio José González; y aprendió el latín con Francisco Guerra Betancourt, a quien sustituyó algunas veces en su cátedra.

El resto de su educación fue obra personal. Conocía a la perfección el italiano y el francés. Se inició de niño en el conocimiento del teatro clásico español a través del Tesoro del teatro español de Quintana, regalo de su padre. Comenzó a escribir desde muy joven ensayos dramáticos.

Trabajó en Matanzas con su tío político Don Simón de Ximeno, casado con una hermana de su madre, el cual en 1832 le consiguió un empleo en el escritorio de una ferretería en La Habana. En 1833, al estallar la epidemia de cólera en La Habana, regresó a su ciudad natal.

Al año siguiente llegó a Matanzas Domingo del Monte, cuya amistad constituyó un poderoso estímulo literario para él. En 1836, al regresar Del Monte a La Habana, lo invitó en más de una ocasión a pasar temporadas en su casa, donde se relacionó con los escritores que frecuentaban su tertulia.

Allí pudo ampliar, a través de la biblioteca de Del Monte, su cultura clásica y moderna, y comenzó su período de mayor actividad literaria, que abarca los años 1836-1843. Publicó en el Aguinaldo Habanero (1837) su famoso poema «La Madrugada» y otras poesías.

Aparecieron colaboraciones de José Jacinto Milanés en casi todas las revistas habaneras: El Plantel (1838), El Álbum (1838, 1839), La Cartera Cubana (1839), El Prisma (1846), Flores del Siglo (1846), El Artista (1848), Revista de la Habana (1853, 1856), Revista Universal (1860). En Matanzas colaboró en La Aurora y El Yumurí. 

En 1838 se estrenó en La Habana, con éxito de crítica, su drama El Conde Alarcos. Este estreno le produjo su primera crisis nerviosa. Nunca accedió a ver la obra en escena. Con esta obra se situó entre los primeros que cultivaron el drama romántico en lengua española.

En noviembre de 1839 unas fiebres le atacan el cerebro y lo mantienen inválido durante más de dos meses. En 1840 termina Un poeta en la corte, que la censura impidió publicar hasta 1846. Entre sus obras de teatro también se cuentan Por el puente o por el río, que no llegó a concluir, y Una intriga personal, extraviada definitivamente.

El mismo año de 1840 empezó a publicar sus cuadros de costumbres en verso, El mirón cubano, precedentes del teatro costumbrista, que siguió publicando en 1841 y 1842. Por influencia de Del Monte obtuvo el cargo de secretario en la compañía del Ferrocarril de Matanzas a Sabanilla, cargo que tuvo que abandonar en 1843 por motivos de salud.

A partir de esa fecha permaneció recluido en su casa, al cuidado de su hermana Carlota. Comprometido desde hacía diez años con la Srta. Dolores Rodríguez Valera, rompió este compromiso al enamorarse de su prima Isabel Ximeno. A esta ruptura y al desaire que sufrió por parte de la familia de su prima se atribuyen los primeros síntomas del desequilibrio mental que padeció hasta su muerte.

Otros biógrafos lo atribuyen a factores hereditarios. Acompañado por su hermano Federico inició, en mayo le 1846 y costeado por sus admiradores y amigos, un viaje a los Estados Unidos, a Londres y a París, con la esperanza de que recobrase su salud. Regresaron en noviembre de 1849.

Algo mejorado, escribió ya pocos versos, sin lograr igualar los de sus primeros tiempos. En 1852 su enfermedad sufrió nueva crisis que lo hizo caer en un mutismo casi completo. En él vivió once años, hasta su muerte. junto con su hermano Federico publicó Los cantares del montero (Matanzas, Imp. del Comercio, 1841), que firmó como Miraflores, mientras su hermano lo hacía como El camarioqueño. También utilizó el seudónimo Florindo en unos versos publicados por la Aurora de Matanzas en 1836.

Acerca de Miguel Márquez Díaz

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Licenciado en Periodismo, graduado en la Universidad de Matanzas Camilo Cienfuegos

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