Al museo de cualquier pueblito, si lo tiene, uno entra casi sin expectativas. Sucede con frecuencia que si viste uno ya los viste todos. Casi siempre la misma casona colonial que vivió días mejores y exhibe algún utensilio precolombino, el machete de un mambí perdido en el anonimato, piezas de cierto ingenio, la camisa de un miliciano…fragmentos de una historia que no llega a lucir sus galas por estar encerrada en vitrinas polvorientas.
La larga sombra de la falta de recursos que parece oscurecerlo todo también cae sobre esos reductos del pasado, donde a veces ni siquiera la buena voluntad alcanza para apuntalar la casa.
Lo mismo encuentras a un autodenominado historiador que te hace el cuento del tabaco narrándotelo mal, que a un humilde sabio mostrándote la obra de su vida con la esperanza de hallarse ante alguien, como él mismo, ávido de hacerle honores a la memoria.
Hay museos pobres porque tienen poco que mostrar, y otros porque no saben cómo revelar cuánto de valioso puede haber en ellos. No es de extrañar que en unos y otros gane terreno la dejadez como un diablillo travieso asomándose por todas partes. De vez en cuando uno se topa con alguna maravilla de forma inesperada, algo valioso de verdad, en un museo muy humilde pero digno al que tristemente poca gente va.
“Periodista por favor, no pongas ahí que tenemos esto porque nos lo van a querer quitar y llevarlo para La Habana”, me dijeron una vez en cierto museo de cuyo nombre no quiero acordarme.
Son los matices de la realidad que no caben en ningún informe.
A veces el personal entra en confianza y confiesa sus penurias: los malabares para no repetirse en la muestra del mes con tan escaso inventario, el salario que parece un chiste sin gracia, el poco apoyo de las autoridades, las pésimas condiciones de trabajo, el presupuesto con tendencia a mantenerse al mínimo al punto de no permitir acabar con esta filtración en el techo o aquella grieta en la pared.
Pero a pesar del temporal siempre quedan tripulantes que no abandonan el barco. A estos pobres museos solo los salva la gente que ama lo que hace, tan valiosa como la reliquia más preciada. Cuando esas personas que idolatran la Historia acaban por rendirse ante los problemas o batirse en retirada es como si la vida se escapara de esos museos pueblerinos, tan modestos en su forma y contenido.
¿Qué produce un museo? ¿Acaso genera nueva riqueza o sustituye importaciones? Pues si me preguntan a mi diría que si a todo, porque un museo en parte “produce” esa clase de riqueza espiritual que nos hace humanos, y defiende los rasgos propios de nuestra identidad como país, imprescindible si se trata de no “importar” ni copiar patrones ajenos.
Nuestro mundo cambia. Lo que antes era lujo hoy es necesidad. Los concebidos para atesorar la pequeña gran Historia se quedan detrás porque ya no pueden seguirnos el ritmo. ¿Será la solución llenarlos de pantallas táctiles? ¿Acaso una detallada recreación digital del machete de un mambí es más atractiva para el público de estos tiempos que la pieza original?
Nada mejor que la tecnología en buenas manos para desempolvar nuestra curiosidad por el pasado.
Uno se deprime cuando encuentra alguno de esos museos pequeños y desangelados, de los que solo reciben muy de vez en cuando a algún escolar en busca de ayuda para hacer una tarea de clase. Porque da lo mismo si en su interior guarda tesoros de valor incalculable o baratijas, cuando fracasa en conquistar al público.
Somos criaturas narrativas, adictas a contar y consumir historias, y los museos están llamados a atesorar la memoria y a narrarla como un cuento que atraiga y enamore. Sin dinero hoy en día es muy difícil hacerlo bien, pero sin amor sencillamente es imposible.
Su imagen más cercana


Me ha tocado usted la fibra sentimental con este artículo. Me he sentido MUY identificado pues soy de los que visita museos, sean éstos nacionales, municipales o locales. Conozco algunos de estos museos de pueblo cuyas condiciones son pésimas y otros muy bien cuidados pero casi sin visitantes por la poca promoción. Incluso esyot colaborando con alguno de ellos en recuperación y digitalización de documentos. Y el fenómeno del abandono no solo afecta a los pequeños de pueblos remotos. Su artículo me recordado el estado en que se encuentra el museo del municipio en que vivo aquí en La Habana: El Museo Municipal de 10 de Octubre, ubicado en un edificio que semeja un castillo….y que parece tener más años que cualquiera de nuestras fortificaciones por lo depauperado que está.
Soy una persona que AMA la historia, sobre todo la urbana, y me gusta investigar y rescatar ciertas historias que no están en ningún libro de texto….o siquiera un libro.
Gracias por este escrito sobre los pequeños museos de pueblo o municipios que, como bien dice, a veces nos sorprenden.
Saludos
GMM
Muchas gracias por este artículo. Ya viendo la imagen de portada: el estado de deterioro de esos obuses de la última etapa de la guerra colonial y el del edificio, se puede conocer el contenido del artículo. Es un llamado a la atención sobre esos espacios que recogen las historias locales y que muchos no consideran importantes, aunque una de las leyes más antiguas de nuestro Gobierno es, precisamente, la de los Museos Municipales y Locales (Ley No. 2/1976). Como Gonzalo Morán, -amigo, hermano y correligionario- soy amante de la historia, sobre todo de la que no se plasma en ningún libro, y he hecho de ella mi profesión, como museólogo y arqueólogo. Es una vergüenza constatar el desinterés que muestran algunas “autoridades” hacia los museos municipales y locales, hacia la historia de la localidad y sus gentes. Como el de 10 de Octubre, el Museo Municipal de Arroyo Naranjo está en unas condiciones paupérrimas, en un edificio que pocos conocen que fue el Vivac para mujeres del municipio y está en un estado pésimo, tanto constructivo, como de limpieza y conservación. Hay que hacer conciencia de que nuestras historias locales son tan importantes como la historia nacional, pues expresa nuestras identidades, nuestros orígenes y nuestra idiosincrasia.
Nuevamente, muchas gracias.
BATos