Aunque cuesta trabajo creerlo, Andrés Aldama era un niño tímido, “un poco cobarde”, dice, que sentía miedo ante un grupo de muchachos guapos que vivían en el central Puerto Rico libre, en Unión de Reyes. Un buen día embulló a sus amigos del barrio para practicar boxeo en Alacranes y aprender a defenderse.
Todos le hicieron caso y lo acompañaron, pero solo él llegaría a los planos más estelares e impondría respeto en su entorno y el mundo: subcampeón olímpico en Montreal 1976 y monarca cuatro años más tarde en Moscú. Con una zurda prohibida para pegar por la fuerza que descargaba, el pugilista decidió contarnos parte de su historia durante casi una hora de confesiones y emociones, cargada de sensibilidad extrema.
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