Jueves , 2 abril 2020
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Cuando no conviene salir con un pulóver de los Cocodrilos

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A veces esa primera idea que te viene a la mente es la aceptada, pero esto sólo lo entiendes cuando es tarde y has optado por la segunda.

Por eso cuando mi colega Ariel Aymé me sugirió ir por un café luego de regresar del segundo partido entre Camagüey y Matanzas, pensé y así se lo dije, que lo mejor era quitarnos el pullover con la imagen de los Cocodrilos por temor a las burlas de los camagüeyanos. Pero la segunda idea, la de irnos con el pullover, prevaleció.

Nada más que salimos del lugar donde estábamos alojados juntos al resto de los periodistas, y tomamos una calle céntrica y comercial, sentí todos los ojos de Camagüey sobre nosotros.

¡Seguramente éramos los únicos mortales recorriendo la Ciudad de los Tinajones con ese atuendo!

Las personas nos miraban como objetos anacrónicos y fuera de lugar, y las burlas no se hicieron esperar.

Cada persona que nos pasaba por el lado se nos quedaba mirando al pullover. Quizás la imagen del cocodrilo, o la de dos seres desandando “orondos y felices” una ciudad con el logo de un equipo apabullado hacia muy poco (8×0 había terminado el juego), les provocaba una risa hilarante.

Y como no llevábamos las credenciales de prensa-otra de las ideas iniciales desechadas- las personas nos tildarían de locos, o de dos camagüeyanos “traidores” justo en el día que más orgullo sentían los agramontinos por su equipo, protagonistas de un excelente partido de pelota.

Como siempre sucede, los niños rebosan sinceridad. Y fue en una esquina donde un pequeño nos abordó (con el mismo desparpajo que Yosimar Cousin blanqueó a los peloteros de Matanzas), y nos espetó en pleno rostro y con cierto aire burlón: “¿qué hacen ustedes con un pullover de los Cocodrilos si perdieron contra Camagüey?”.

Yo no pude más y me encomendé al infante como si se tratara del Santo Niño de Atocha. Le expliqué que éramos matanceros, y que por eso llevábamos ese pullover. El pequeño seguía sin entender nuestras razones y en su cara permanecía el mismo aire de burla, y hasta cierto punto inocente.

Fue entonces cuando mi compañero y yo decidimos regresar olvidándonos del café. Para el retorno por supuesto que escogimos una calle de las tantas laberínticas de Camagüey evitando la populosa arteria comercial.

Justo cuando nos restaban dos metros apenas para el hotel donde estábamos alojados, otra voz infantil nos gritó desde un mototaxi: “Oye, ¿Ustedes no ven pelota? ¡Ganaron los Toros! ¡Quítense ese pullover!”.

Y exactamente eso hacíamos minutos después, no sin antes ser recibido en la misma entrada de la instalación por dos entusiastas y “aguardiantados” camagüeyanos portando un cartel, con falta de orografía quizás producto del estado etílico, en el que se leía “Camagüey Campeón, Matanzas con flemón”.

Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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