Jueves , 9 julio 2020
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El Triunvirato de mi infancia

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Triunvirato ha sido siempre el punto de referencia para ubicar a quienes increpan por mi tierra natal, pues la Finca La Palma no está registrada en muchos mapas.

Han pasado tantísimos años desde aquellos días en que llegaba a Triunvirato antes de la salida del sol, para asistir a la escuela primaria De Octubre. Éramos unos diez niños en aquel entonces, los que recorríamos en un coche los siete kilómetros que separan nuestro batey del Consejo Popular con nombre de ingenio.

De lunes a viernes un amable señor a quien todos llamábamos Berto, el cochero, se encargaba de llevar y traer del centro escolar a aquel grupito de niños, de diferentes edades, ávidos de travesuras.

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A mis cinco años Triunvirato parecía inmenso. Sus edificios eran para mí, niña al fin, señal de desarrollo, pues en el batey donde vivía no exceden las 50 casas. Aprendí a conocer sus recovecos y también a amarlos. Correteaba por los pasillos del combinado, tomaba rasco bajo la altísima ceiba del parque mientras escuchaba el sonido de las fichas de dominó, compraba maní al viejito de frente de la escuela, jugaba en el portal del cine Fermina (debe su nombre a esclava que se revelara en el ingenio Triunvirato allá por el siglo XIX ) y me encantaban los helados de la casa de Raúl.

De cierta forma anhelaba vivir allí, pues así podría levantarme un poco más tarde como el resto de mis compañeros de aula y no tendría que dibujar mapas en mis libretas para explicar donde quedaba La Palma.

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Algunas mañanas repasaba mis habilidades con los números contando la cantidad de balcones y los pasos de escaleras, mientras esperaba el habitual sonido de la campana para entrar al aula. Reía, al escuchar los gritos de balcón a balcón. –¡Oye llegó la leche!- ¿Habrá venido ya el pan?- Sin dudas, me entretenía en aquella ciudad majestuosa.

En sus calles habitan pedazos de mi feliz infancia. Allí viven muchos de los amigos que nunca olvido y hasta quien fuera mi primer amor.  Gratos recuerdos de los juegos de pelota en el estadio mientras animaba desde las gradas. Inolvidables momentos que guardo celosamente en algunas fotografías.

Quizás por eso me entristeció tanto la noticia de la cuarentena y observar a través de la televisión sus estrechas calles vacías. Los edificios ya no me perecieron tan altos y distinguí tras nasobucos los rostros de gente que conozco y quiero. Espero que esta pandemia no le borre la grandeza ni la sonrisa a este pequeño pueblito perteneciente a Limonar. Serán días difíciles, pero, ¡Esperanza, coterráneos, nos volveremos a abrazar!

Acerca de Liannys Díaz Fundora

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