Martes , 13 noviembre 2018
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La metamorfosis

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A ella la descubrí tras unas gafas que creí permanentes. Su figura me recordaba a la de las modelos de las pasarelas. Recuerdo llevaba el pelo suelto y una sonrisa a medio completar, los nervios supuse. Iba acompañada de su madre, el parecido de ambas las delataba, aunque ese día no cruzamos palabra. Fue solo la primera impresión que me llevé, aquella mañana de agosto, mientras esperábamos en la puerta de la secretaría docente para matricular.

Su mamá comentó que su hija estudiaría Periodismo, así que sería mi compañera de aula, sentí ganas de saludarla y presentarme al estilo Lola, pero me pareció demasiado seria y desistí. Después, coincidimos nuevamente en el otorgamiento de las becas. Entre algunas de las lágrimas de aquel día histórico por desafortunada e hija única, su madre me consoló; pero aún no supe su nombre.

Admito que al principio nuestra relación fue fría, diplomática, de esas a las que no estoy acostumbrada por ser tan guarosa. En el aula era callada y muy centrada. Recuerdo verla siempre sumergida entre libros estudiando sin parar, con las mismas gafas del primer día, pues su astigmatismo la obliga a llevarlas. Le encantaba la Filosofía, bateaba de jonrón las preguntas de la temida Fela y tiene una memoria fotográfica que creo magnífica. Era toda una polillita como bien le decía un amigo argentino. Quería ser reportera de guerra pues se había leído varias veces Reportaje al pie de la horca, de cuyo autor yo jamás había escuchado.

Ese primer año de Universidad fuimos buenas compañeras, no mucho más; pero le tenía un cariño especial como a todos en el aula.

Aunque teníamos muy diferente carácter, tras ser las dos únicas becadas en segundo año, tratamos de consolarnos. Con el transcurso de los meses fuimos acercándonos y nos hicimos buenas amigas. Fue así como se mudó para mi cuarto y compartimos desde el estudio hasta la comida.

Le temía a cocinar y no sabía ni cascar un huevo, no me molestaba hacérselo; pero me empeñé en que aprendiera. Segundo nos despidió siendo las mejores amigas, de las que se cuentan todo y se tapan los deslices, por eso aún no le perdono que no  me haya confiado la primicia de su relación con el Guille.

Me quería y yo a ella; pero me abandonó a principios de tercero. Se fue a vivir con su novio. Ese gordito de pelo largo me la robó por un tiempo para luego regresar nuevamente a la beca, donde ocurrió la metamorfosis.

Ahora sigue sumergida en los libros, pero especialmente en los del Medio Oriente, sueña con viajar a Túnez y hasta en entrevistar a Gadafi. Sigue encaramada en la pulga desde tercer año cuando decidió que ese sería su tema de tesis. Adelantada e insistente respecto al resto espera graduarse este año e ir a desempeñarse como la profe que lleva innata.

Fue a finales del curso pasado cuando ocurrió lo que le cambió completamente la vida, para bien puedo decir. Las benditas redes sociales con todo y la explosión del periodismo de Ramonet, hicieron posible que la polillita encontrara su alma gemela. Me lo presentó, como cuatro veces pues siempre había un detallito que cambiaba, la edad de aquel que había hecho que sus ojos castaños volvieran a brillar.

Ya sabe freír huevos aunque no consigue cascarlos. Ya socializa más con todos. Hace un arroz amarillo riquísimo y hasta nos exhorta de vez en cuando a alguna escapadita del aula, aunque sigue siendo muy aplicada, en eso si no ha cambiado. Espero seguir siempre a su lado para levantarla por las mañanas, decirle quien le está diciendo adiós de lejos porque a esa distancia no consigue ver y seguirla aplaudiendo cada vez que diga con valentía que le van los maduritos ¿y qué?

 

Acerca de Liannys Díaz Fundora

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