Jueves , 21 noviembre 2019
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La vida de La Palma

A pesar de que hace 14 años que resido en otro lugar, en mi carné de identidad aún consta como dirección particular: Finca La Palma, Limonar, Matanzas. Ello provoca la burla de muchos. Sin embargo vivo orgullosa de haber nacido en ese batey cercano al antiguo politécnico Rebelión de Triunvirato, ubicado a 7 kilómetros del Consejo Popular de igual nombre.

La vida de La Palma

Imagen ilustrativa Foto theatlantic.com

Allí no exceden las 50 casas, pero todos somos una gran familia. Mis mejores recuerdos de la infancia viven en sus calles gastadas, bajo las matas de coco de abuelo Wive, la arboleda, el guayabal y las sonrisas de los tantos niños que dábamos vida a aquel batey.

La campana otrora símbolo de esclavitud, que se alza en el centro del batey, servía como punto de reunión para los más pequeños. Los juegos de pelota, la cacería nocturna de cocuyos y los viajes al río con abuelo Orestes eran sin dudas los mejores pasatiempos para los días de verano.

Hoy la visitar mi tierra natal me trae cierta nostalgia. Los niños ya hemos crecido y las calles lucen vacías. Siguen en pie los cocoteros pero por alguna razón desconocida ya nadie gusta de su agua. Las guayabas y mangos siguen en sus matas y la hierba es demasiado alta para transitar el camino al río.

El acceso es difícil, así que muchos, como yo, se han mudado a otros lugares. La mayoría rara vez regresa por aquel batey en la punta de la loma, e incluso reniegan de él. Yo por el contrario vivo orgullosa de ser de allí, donde la gente es sencilla por naturaleza, lo cual no impide que tener un gran corazón.

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Acerca de Liannys Díaz Fundora

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