Jueves , 16 agosto 2018
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Mi padre se me está poniendo viejo

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La tarde caía, mientras yo entretenía mis horas enredando mis dedos en su pelo, cuando descubrí entre los cabellos negros de mi padre algunos se habían tornado blancos.

Mis manos durante años habían sido el mejor peine en los días de desvelo o tristeza, y tocar sus cabellos una manía que aún conservo desde pequeña para lograr conciliar el sueño, así que esa extraña costumbre de acariciar su pelo no le era indiferente a él y para mí se había vuelto una rara adicción.

No fue sino hasta ese día que decidí no volver a hacerlo. Como dueñas absolutas sin propiedad ni copropietario algunas canas se alojaron allí sin ninguna intención de marcharse nunca más.

Fue entonces cuando una lágrima rodó por mi mejilla, tornando mi sonrisa en un suspiro.  Al ver mis lágrimas como todo buen padre, interrogó contrariado mi pesar.

Son las canas lo que me entristecen, le dije, a lo que se precipitó su voz siempre alegre y confiada, cuando me dijo en tono jocoso: No estés triste no me duelen, es solamente que me estoy poniendo viejo.

Sentí oprimido el pecho porque no podía creer que hacía apenas unos  días era yo una niña que dormía sobre su pecho y me aferraba a sus brazos al cometer una travesura por la que de seguro me esperaba un regaño.

Crecí y te hice viejo, sin apenas notarlo, le susurré al oído, a lo que me respondió: verte crecer es mi mayor regalo y le agradezco a las canas el que habiten mis cabellos porque ellas me irán haciendo viejo; pero tu cariño un padre enamorado.

Acerca de Liannys Díaz Fundora

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