Martes , 11 diciembre 2018
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Mis tíos

Happy young couple's hugging and dancing together with smilling face, vector cartoon illustration.

Veía su figura flaquear, su cabello desaliñado y sus ojos reflejaban una tristeza que me llegaba al alma. Sí ella, la misma que me había dicho siempre que tomara la vida con optimismo, se estaba cayendo a pedazos por algo que realmente no valía la pena.

Lloré sus lágrimas y ella enjugó mil veces las mías, porque ha sido siempre mi otra mamá, como dicen por ahí que las tías son madres con caras de amigas. Por eso me dolía hasta los huesos verla destrozada.

Un anoche compartimos el sueño, y como el “bote estaba lleno”, nos tocó tomar colchoneta y para el piso. Aquel día me contó su angustia y se contó con una sonrisa un tanto pícara a que tenía un enamorado y que se encontraría con él para conocerlo.

Realmente me alegré y la alenté a tomar el riesgo. El chico, aunque no lo era tanto había increpado por ella y pedido su número. Él vivía solo y el amor también le había jugado una mala pasada.

Supe después de su encuentro que algo había cambiado. Cuando lo conocí me pareció un buen hombre y lo más importante, ví en sus ojos el cariño del que mi tía estaba tan necesitada.

Así comenzaron la aventura de emprender juntos un viaje que aunque con baches y vaivenes hasta el momento les devolvió a ambos la sonrisa, la alegría, el placer de decir nosotros y la satisfacción de tomarse de la mano e ir contra el mundo.

A la casa que hoy comparten llegué hace más de dos meses, con el corazón partido, las esperanzas muertas, las alas del optimismo sin una pluma y la vida hecha trizas. Esta vez el amor me la jugó a mí y allí encontré el refugio, la comprensión, el abrigo y el cariño que le dan a uno los padres.

Agradezco a Dios que los haya unido y pido que los mantenga unidos siempre, porque sin dudas son buenos juntos. Allí todo es cariño, alegría, sonrisas, besos que a veces me esconden por pena, pedir por favor es la clave, nadie alza la voz y rara vez se ven caras largas.

Aquí tienen su casa toda la partida de locas cuerdas y buenas que somos tanto  hijas, hermana, madre y sobrina. – Omarito te han invadido la casa- , le decimos a él a cada ratos, y sonríe mientras dice: – Que bueno, porque hasta que la gente pasara me daba envidia de lo solo que estuve-.

Sonrío porque sé que con esta familia grande y el cariño incondicional que se profesan el uno al otro ninguno de los dos nunca volverán a estar solos. Espero verlos envejecer juntos lleno de nietos corriendo por toda la casa y las carcajadas de la felicidad en cada rincón.

Veía su figura flaquear, su cabello desaliñado y sus ojos reflejaban una tristeza que me llegaba al alma. Sí ella, la misma que me había dicho siempre que tomara la vida con optimismo, se estaba cayendo a pedazos por algo que realmente no valía la pena.

Lloré sus lágrimas y ella enjugó mil veces las mías, porque ha sido siempre mi otra mamá, como dicen por ahí que las tías son madres con caras de amigas. Por eso me dolía hasta los huesos verla destrozada.

Un anoche compartimos el sueño, y como el “bote estaba lleno”, nos tocó tomar colchoneta y para el piso. Aquel día me contó su angustia y se contó con una sonrisa un tanto pícara a que tenía un enamorado y que se encontraría con él para conocerlo.

Realmente me alegré y la alenté a tomar el riesgo. El chico, aunque no lo era tanto había increpado por ella y pedido su número. Él vivía solo y el amor también le había jugado una mala pasada.

Supe después de su encuentro que algo había cambiado. Cuando lo conocí me pareció un buen hombre y lo más importante, ví en sus ojos el cariño del que mi tía estaba tan necesitada.

Así comenzaron la aventura de emprender juntos un viaje que aunque con baches y vaivenes hasta el momento les devolvió a ambos la sonrisa, la alegría, el placer de decir nosotros y la satisfacción de tomarse de la mano e ir contra el mundo.

A la casa que hoy comparten llegué hace más de dos meses, con el corazón partido, las esperanzas muertas, las alas del optimismo sin una pluma y la vida hecha trizas. Esta vez el amor me la jugó a mí y allí encontré el refugio, la comprensión, el abrigo y el cariño que le dan a uno los padres.

Agradezco a Dios que los haya unido y pido que los mantenga unidos siempre, porque sin dudas son buenos juntos. Allí todo es cariño, alegría, sonrisas, besos que a veces me esconden por pena, pedir por favor es la clave, nadie alza la voz y rara vez se ven caras largas.

Aquí tienen su casa toda la partida de locas cuerdas y buenas que somos tanto  hijas, hermana, madre y sobrina. – Omarito te han invadido la casa- , le decimos a él a cada ratos, y sonríe mientras dice: – Que bueno, porque hasta que la gente pasara me daba envidia de lo solo que estuve-.

Sonrío porque sé que con esta familia grande y el cariño incondicional que se profesan el uno al otro ninguno de los dos nunca volverán a estar solos. Espero verlos envejecer juntos lleno de nietos corriendo por toda la casa y las carcajadas de la felicidad en cada rincón.

 

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Acerca de Liannys Díaz Fundora

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