Domingo , 19 enero 2020
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La asombrosa y efímera carrera de un Campeón Mundial

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Cristóbal Sarría evoca su título de Campeón Mundial como la experiencia más emocionante de su vida.

Siempre dicen que el mero hecho de asistir a un evento deportivo de elevado prestigio como las Olimpiadas o los Panamericanos, representa en sí mismo una victoria para el atleta… y en efecto, la certeza de tal planteamiento sería absoluta si no fuera por el sobresalto, las lágrimas, los pensamientos y el total desconcierto que siente una persona al pisar el podio de premiaciones, o mejor aún, justo en el instante en que le cuelgan al cuello una portentosa medalla de oro.

Así lo confirma Cristóbal Sarría Fish, para quien 44 años después todavía resulta confusa e inexpresable la conmoción que le recorrió el cuerpo y le retorció el estómago, cuando todavía inconsciente de presenciar el momento más sublime de su vida, lo declararon Campeón Mundial Juvenil de béisbol.

INICIO Y CUMBRE DE UN “CENAGUERITO EQUIVOCAO” 

Si bien nació en la ciudad de Cienfuegos, su familia materna pertenecía a la Ciénaga de Zapata y posterior a la batalla de Playa Girón, se traslada de forma definitiva a dicha localidad.

“A mí me gustaban los deportes en sentido general y al principio matriculé en ciclismo, pero los entrenadores me dijeron que no tenía tamaño para continuar en esa disciplina. Luego en el internado de Cayo Ramona practiqué fútbol, baloncesto e incluso voleibol con tal de salir de la escuela, tú sabes, cosas de muchacho”, comenta Sarría Fish.

En la escuela Silva Tablada, situada en el Central Australia, comenzó a entrenar béisbol. Allí jugó files, pero cada vez que atrapaba un fly y tiraba a home la pelota llegaba a una velocidad que enseguida cautivó a sus profesores. A lo anterior se añadía su condición de zurdo y un elemental dominio de la curva, elementos que lo convirtieron en un prospecto de pitcher que ya en 1973, incursiona en el otrora equipo de Citricultores y en esa temporada se ubica entre los cuatro mejores lanzadores de la provincia.

“Entonces me eligieron para la preselección de Matanzas, aunque en esa oportunidad no hice equipo por ser demasiado joven. De todos modos me mantuve entrenando en la Academia de Béisbol de la urbe yumurina los meses siguientes”.

Un año después integró las filas de los Henequeneros y al finalizar la temporada quedó como novato del año de la antigua región Victoria de Girón, que integraba a Jagüey Grande y la Ciénaga de Zapata. Además, su impecable labor desde el montículo lo llevó a representar a la Isla en el Mundial Juvenil efectuado en Caracas, Venezuela.

“En ese torneo Cuba quedó campeón y durante el certamen yo gané dos juegos, en uno di 14 ponches y en el otro 12. Eso ha sido lo más grande de mi vida, imagínate, yo, un cenaguerito del campo, sin esperanzas ni perspectivas al ver a los peloteros de otros municipios que eran buenísimos en el terreno. Te confieso que lo empecé a creer cuando estaba montado en el avión de regreso”, sostiene este hombre, un tanto emocionado al recordar.

Tras el fatal accidente donde perdió la mayoría de sus reconocimientos, ahora solo conserva algunos diplomas que cuelgan de las paredes de su casa en Pálpite.

Otro de los campeonatos que más le impactó fue la cuadrangular de 1976, con sede en Costa Rica. Allí se comenzó a utilizar el bate de aluminio y ante su inexperiencia al nuevo sistema, recuerda que a sus primeros lanzamientos le respondieron con “dos líneas que donde cayó la pelota no sale más césped”. Sin embargo, pudo dominar a base de curva.

RETIRO ANTICIPADO

Luego de su participación en los eventos internacionales, Cristóbal Sarría se desempeñó como pitcher de relevo en series nacionales, solo que su carrera se tornó efímera por la presencia  temprana de lesiones en el brazo.

“Me mantuve solo cuatro años en la selección de Matanzas, debido a la aparición de unas  molestias en el codo izquierdo que me empeoraron con cada lanzamiento. Llegó el momento en que sentía una especie de latigazo en toda la extremidad y el médico me comunicó que ese era el final para mí”, refiere el ex beisbolista.

Durante el breve periodo que se mantuvo en activo, considera un privilegio haber compartido con figuras icónicas de nuestro deporte nacional como Changa Mederos, durante algunos entrenamientos a los que asistió en La Habana, o Conrado Marrero, quien estuvo en Matanzas en varias ocasiones.

“Yo tengo muy buenas relaciones con los Sánchez de Jovellanos. De hecho, Fernando ha estado en mi casa y generalmente en diciembre nos reunimos en la villa El Corsario e intercambiamos también con Gerardo Sile Junco, el Curro Pérez y otros atletas destacados que me alegro muchísimo de ver. Allí aprovechamos para hacer cuentos, anécdotas del pasado, nos reímos, tomamos unos traguitos, en realidad la pasamos muy bien en esos encuentros”.

Al desvincularse de la esfera deportiva inició un periodo de trabajo en el turismo hasta que a mediados de la década del 80 cumplió misión internacionalista en Angola, donde atendió una compañía de retaguardia.

A lo largo de su existencia acumula numerosos reconocimientos que lo enorgullecen notablemente, aunque la mayoría de ellos solo forman parte de su recuerdo, luego de destruirse en un fatal accidente.

“Yo tenía todas las distinciones en mi antigua casa de Girón y allí, una de mis hermanas le echó un porrón de alcohol al fogón pensando que estaba apagado. Aquello lo que soltó fue un disparo y cuando la llama cogió fuerza no hubo quién la apagara, aquello se regó por todo el techo de guano. Como resultado de la desgracia mi hermana falleció por las quemaduras y todo lo que guardaba hasta ese instante, uniformes del equipo nacional, las medallas de Angola, se perdió para siempre”, afirma Sarría Fish un tanto consternado al rememorar el asunto.

UNA PASIÓN QUE NO MUERE

En la actualidad, esta gloria del deporte en la Ciénaga de Zapata se desarrolla como guardaparque en el área que va desde Pálpite hasta el Canal de los Patos. En cada torneo de “pelota” local lo solicitan como asesor, a pesar de tener dolores en los huesos que le imposibilitan asumir grandes esfuerzos: “la edad no perdona”, dice él, resignado.

No obstante, en las competencias provinciales pasadas estuvo al frente del picheo en el equipo y como conocedor de la materia, le gusta debatir sobre el estado del béisbol en el municipio y qué se podría hacer para mejorarlo en el futuro.

“Lo que sucede es que el territorio cenaguero al ser tan grande, se dificulta demasiado organizar un campeonato en primer lugar por el transporte, a lo que se suma la ausencia de recursos fundamentales como guantes, bates y caretas. Sí creo que resulta necesario un torneo de base donde se busque incrementar la masividad y el entusiasmo entre los jóvenes.

En la actualidad, esta gloria del deporte cenaguero colabora como asesor de los equipos de béisbol locales.

“Además, se debería ofrecer un mayor seguimiento a esta disciplina si se quiere preparar a los relevos del equipo nacional. Por ejemplo, ¿de dónde salen los grandes talentos? Precisamente de los municipios, pero deben venir a captarlos hasta aquí, meterse en el campo que es de donde históricamente han surgido hombres que hoy son leyenda”.

Con Cristóbal se podría hablar durante horas acerca del béisbol. Como no puede practicarlo hace mucho tiempo, al menos intenta ayudar mediante sus análisis y consejos. Al referirse a estos temas sus ojos reflejan un remanente de la depresión que sufrió tras su salida temprana de las competiciones.

Él cree que a la hora de la verdad, nadie está preparado para el retiro, aunque alega haber encontrado un nuevo sentido para su vida a través de la preparación de las nuevas generaciones. “Ahora mi gran desafío es seguir adelante con todos mis achaques”, sentencia con una sonrisa amarga, mientras se pasa la mano por la cadera y se burla con desenfado de sus propias dolencias.

Acerca de Ayose Garcia Naranjo

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