Cualquiera en el lugar de Narciso Martínez Díaz se hubiera rendido, o al menos le podría límites a sus sueños. Ciertamente la vida le llevó recio, y cinco años de la infancia pueden determinar la personalidad de un individuo, sobre todo si esta transcurre sin apenas moverse de la cama, y de hospital en hospital.
Narciso fue un niño saludable que gustaba corretear cada palmo de su finca, allá en Vereda Nueva, un pueblecito de Artemisa. Trepar árboles, montar a caballo, bañarse en los ríos, tirar piedras, formaban parte de su rutina diaria de muchacho.
Lo hacía sin comprender la dicha que representaba echar correr por el simple gusto de hacerlo, hasta ese día en que enfermó y quedó inmóvil una cama. La osteomielitis crónica truncaría parte de su infancia. Contaba tan solo con 10 años y fue la etapa más difícil de su vida, así lo recuerda.
No podía jugar, y un yeso en el pie siempre le acompañaba aprisionando sus ansías. A través de la ventana veía los días pasar. Sentir bajo sus pies el verdor del campo se convirtió en una añoranza irrealizable, triste realidad que se reafirmaba tras cada visita al hospital.
Los médicos no le brindaban esperanzas, solo restricciones: debía evitar el sol, la brisa, los gérmenes, el campo. Cinco años pasarían sin apenas actividad, solo se incorporaba de su cama para tenderse en la de una institución médica.
EL MÉDICO ÁRIAS
Así como una enfermedad o suceso azaroso puede tronchar una vida en ciernes, existen también circunstancias y personas determinantes que logran transformar la existencia de una persona para bien.
Narciso, con quince años de vida, y una madurez nacida de la espera y la tristeza, no lograba entender la actitud del nuevo ortopédico, sus palabras contradecían lo que venía escuchando durante cinco años: el doctor Árias le conminaba a trepar árboles, montar a caballo, bañarse en los ríos, tirar piedras, a salvar lo que le restaba de infancia, y a aprender a vivir con su padecimiento, el cual solo sería una limitación si él lo creía así.
Ese encuentro con el ortopédico Árias fue una especie de segundo nacimiento para el joven Narciso, el cual marcaría su vida para siempre. Sin bien empezó la secundaria con cinco años de atraso desde ese entonces nada le amilanaría. La primera vez que logró escalar un árbol sintió tal libertad, que desde ese instante todo le resultó realizable.
En ese tiempo una idea comenzó a darle vueltas en la cabeza, sería médico ortopédico, así otros niños con igual padecimiento no pasarían cinco años añorando el mundo desde una ventana.
NARCISO, EL ESTUDIANTE DE MEDICINA
Y la vida transcurrió con pasos dificultosos para Narciso, pero determinantes. Si bien las secuelas de su enfermedad nunca le abandonaron, tampoco limitaron sus ganas de imponerse a los retos y obstáculos que iban surgiendo.
Fue así que se hizo médico, y sin importar sus limitaciones le preguntaron si deseaba incorporarse como galeno en una Academia Militar. En ese tiempo conoce de una especialidad que le tocaba de cerca: la Medicina Física y Rehabilitación. Comienza a estudiarla en el Instituto Finlay de Marianao, en la capital cubana. Una vez graduado le ubican en Matanzas. El primero de agosto de 1988, con 35 años de años, Narciso arribaba al Hospital Militar Mario Muñoz Monroy de la urbe yumurina como especialista en Fisiatría.
NARCISO, EL FISIATRA
Sentado en la terraza de su casa, en una tarde calurosa de octubre, Narciso rememora muchos detalles de su vida. Reconoce que su enfermedad le compulsó a convertirse en el hombre que es. Durante los 20 años ininterrumpidos que se desempeñó como Jefe de Servicios de su especialidad en la institución médica fueron muchas las experiencias que acumuló.
Explica que al radicarse en Matanzas la rehabilitación como especialidad era muy pobre. Sus servicios abarcaban a apacientes de toda la provincia, incluso civiles y niños. Mucho tuvo que ver sus persistencia en el despegue y desarrollo de la medicina física y rehabilitación en la provincia.
Tal empeño resultó premiado al abrir la especialidad en la Facultad de Ciencias Médicas yumurina, en la cual se han formado decenas de nuevos especialistas.
PAKISTÁN, VENEZUELA… VEREDA NUEVA
La vida continuó premiando la vocación de servir de Narciso. En el año 2005, tras el terrible terremoto sufrido por Pakistán, integra la brigada médica que viajó hasta la nación asiática.
Además del frío y duras condiciones de campaña, recuerda el cariño del pueblo pakistaní ante la entrega desinteresada de los médicos cubanos.
Cuatro años después viajaría como colaborador a Venezuela, donde permanecería hasta el 2012. De allí también conserva gratas memorias.
Narciso conserva varios recortes de periódicos cubanos y paquistaníes que narran sus experiencias como terapeuta, y muchos reconocimientos recibidos a lo largo de su extensa y fructífera carrera.
Alcanzó el grado de Teniente Coronel en el Hospital Militar de Matanzas, donde se licenció en el año 2009 tras dos décadas de labor al frente del departamento de fisiatría.
Tras su regreso de Venezuela se incorporó a trabajar en un consultorio del poblado Guanábana, algo distante de su casa, pero a donde no se ausentado un día de trabajo. Asegura que donde mejor se siente es en la consulta.
Con sus 65 años se siente realizado como profesional y ser humano. Cuenta con el apoyo incondicional de su esposa Oneida, fisiatra como él, y el cariño sus dos hijas y cuatro nietos.
A veces gusta sentarse en la terraza de su casa, (como este domingo caluroso de octubre), y su mente viaja hasta Vereda Nueva, se detiene un momento en aquella ventana de su cuarto, que durante mucho tiempo fue la única salida desde su mundo inamovible. Luego recuerda las palabras reconfortantes del médico Árias, palabras sanadoras que le empujaron a vencer… él se convirtió también en otro médico reparador de almas que les mostró a sus pacientes que no existen límites a los sueños si el empeño es vencer la adversidad.
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