
Amanece en la ciudad de Matanzas. Poco a poco, la urbe de ríos y puentes se despereza del letargo nocturno, y se adorna de colores y tradiciones.
Su gente inicia una nueva jornada, y quizás, sin notarlo, van despertando junto a su ciudad, ya tricentenaria, y moderna.
La bahía se sacude, y abraza a sus fieles pescadores y sus nimios arreos. Las calles se espabilan y regresan los ensordecedores pitidos y carreras. Llega un nuevo día y, no obstante, nunca se pierde la belleza.








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