
Ascender la Loma del Pan fatiga, como todo trayecto empinado. Al trasponer cada metro cuesta arriba los pies comienza a pesar y la respiración se vuelve entrecortada. El sol no representa un problema, porque el avance hasta la cima se realiza por una ladera donde no llegan los rayos durante el día, pero el sudor sí humedece la camisa.
Poco más de hora y media dura la aventura. Algunos trechos son menos inclinados y permiten el descanso para recuperar las fuerzas. Como toda loma, al voltear la mirada el entorno resulta un mirador natural, y la vista abarca kilómetros de distancia.
A lo lejos figura el puente de Bacunayagua, que asemeja una diminuta edificación. El Valle de Yumurí yace imperturbable en su magna belleza. Más allá el mar, infinito.

Aunque el cansancio casi hace desfallecer, la decisión de arribar a la cumbre permite seguir pese a la fatiga. Es cuando notas que pesa cada porción del cuerpo. Quieres creer que cada trecho vertical, con una inclinación de casi 90 grados, es el último, y el ímpetu te abandona cuando descubres que falta un poco más. Solo la resolución de llegar a lo más alto permite avanzar un poco más.
Cuando menos lo esperas arribas a una planicie, se te escapa un suspiro tras tamaña empresa y se abren tus fosas nasales como por instinto, porque quieres conservar en una sola boconada de aire todo el oxígeno. Es cuando descubres la imagen anhelada durante la subida: la ciudad de Matanzas y su bahía.
La urbe descansa abajo como diminuta maqueta. Estática, tranquila y silenciosa, no se perciben movimientos en la distancia. Pero se sabe que allá abajo bulle la vida.
Cuando cae el sol se produce un bello espectáculo en el cielo; el horizonte se torna rojizo, mientras oscurece se enciende la comarca marina, al poco rato las luces lo abarcan todo. Entonces ya no quedan restos de cansancio, y uno saca la cuenta que valió la pena el sacrificio y la fatiga, porque pocas sensaciones se comparan con el ascenso a la Loma del Pan, la India dormida, y con los sentidos más despiertos que nunca intentas apresar cada instante, cada porción del paisaje, y entonces, olvidando la agotamiento, te prometes regresar.

Para el ascenso se debe viajar hasta el poblado de Corral Nuevo, pero desde la carretera ya aparece la Loma del Pan

Tras dejar Corral Nuevo atrás un camino comunica con una de las laderas de la montaña

Mientras se avanza la elevación va emergiendo imponente

Ya en pleno ascenso uno se encuentra con vistas estremecedoras

El puente de Bacunayagua, el más alto de Cuba, parece diminuto

Desde la ladera sur de la loma se puede observar el embalse Elena

Ya en la cima la ciudad descansa abajo, tranquila y silenciosa

La vista abarca lugares distantes como el faro Maya y Varadero

Cae la tarde y los escaladores aprovechan la calma y belleza reinantes para conversar

El cielo regala un espectáculo único

Su imagen más cercana
