
Quienes asistieron al espacio El Bolerazo, con su sede en la Uneac, el sábado último, quedaron prendados del canto de una las intérpretes más destacadas de los últimos tiempos: Ivette Cepeda.
Fue una noche especial sin dudas, de esas que evocan el recuerdo una y otra vez. Es como si su voz aguardara escondida para emerger en ese estallido de notas musicales sin el más mínimo esfuerzo. Así resulta un concierto de Ivette Cepeda, la inigualable.
Y los adjetivos no resultan gratuitos, porque una vez en el escenario la cantante se adueña de las emociones de los presentes, quienes indefensos ante cada verso, solo logran reaccionar al final con un cerrado aplauso.
Su voz lo mismo se aposenta en el alma como un lago dormido, que corre cual torrente, puede ser la tristeza que agobia o la reafirmación más veraz, mas siempre resaltará el amor hecho canción.
Su arte crea adicción, quizás por ello poco tiempo después que anuncian su concierto en la casona de la Uneac, sede del espacio El Bolerazo, las entradas se agotan. Todos quieren escucharla una vez más.
Pero si escucharla estimula los sentidos, verla también resulta fiesta, Ivette siente la canción, la desnuda, la lleva a donde quiere, mientras su rostro suda, y sus manos se agitan en el aire, tratando de asir la emoción.
Por eso por estos días no se hablará de otra cosa en Matanzas que del último concierto del Bolerazo, donde la canción tuvo un nombre: ¡Ivette Cepeda!

Su imagen más cercana
