Cada día prefiero caminar hasta mi trabajo, pero como tengo la dicha de vivir a orillas de una de las bahías más hermosas de Cuba, el tránsito no me resulta fatigoso porque desembocar en sus amplias aguas reconforta a cualquiera.
Cerca de uno de los puentes del viaducto matancero emergen varios pilotes del agua; allí, cada mañana amanece un pelícano solitario que al parecer espera las primeras luces del día para luego disponerse a capturar peces.
Su presencia se ha hecho cotidiana, por eso quizás me gusta tirarle fotos mientras permanece impávido, jugando con sus alas. Con esa imagen en mi cabeza me dio por investigar y descubrí que esas aves acuáticas.
Supe que frecuentan las aguas interiores y costeras donde se alimentan principalmente de peces, capturándolos cerca de la superficie del agua. Son aves gregarias, viajan en bandadas, cazan cooperativamente y se reproducen en colonias.
Su registro fósil se remonta a por lo menos !30 millones de años!, a los restos de un pico muy similar al de especies modernas recuperado de estratos oligocenos en Francia.
Refieren algunos medios que su relación con el hombre ha sido a menudo conflictiva, ya que han sido perseguidos por que se percibían como una competencia para la pesca comercial y recreativa. Sus poblaciones han disminuido considerablemente a causa de la destrucción de su hábitat, la sobrepesca y la perturbación y la contaminación ambiental, llevando a una especie a ser catalogada como vulnerables.
Sin embargo lo que más me llamo la atención fue larga historia de significado cultural en la mitología e iconografía de diferentes religiones.
En el Antiguo Egipto, el pelícano se asociaba con la muerte y el más allá. Se representaba en las paredes de las tumbas y figuraba en textos funerarios, como símbolo de protección contra las serpientes. El henet también aparece en los Textos de las Pirámides como «madre del rey», por lo que se le consideraba como una diosa.
Entre los preceptos de la religión judía el consumo del pelícano, al igual que otras aves marinas, se considera no apropiado, por considerarse un «animal impuro».
El pueblo moche del Antiguo Perú adoraba la naturaleza con énfasis en los animales, y a menudo representaban pelícanos en su arte.
En la Europa medieval se creía que el pelícano era particularmente atento con sus crías, hasta el punto de proporcionarles su propia sangre hiriéndose en el pecho cuando no había otra comida disponible, por lo que llegó a simbolizar la Pasión de Cristo y la eucaristía, sustituyendo la imagen del cordero y la bandera.
Una referencia a esta faceta mística la encontramos en uno de los cinco himnos que compuso Tomás de Aquino donde describe en su penúltima estrofa a Cristo como «pelícano bueno».
Su imagen más cercana







