Vamos camino al invierno, pero como en Cuba esa estación resulta incipiente y tampoco escapa a las altas temperaturas, en la ciudad de Matanzas muchos habitantes se ven obligados a darse un chapuzón para mitigar el calor.
En una urbe bendecida por la naturaleza, brotan las aguas desde varios ríos y en las márgenes de la bahía diversas playas seducen a más de un caluroso.
Mas nunca faltarán los intrépidos haciendo gala de su temeridad, quienes ascienden los altos puentes de la ciudad burlando el peligro y arriesgando la vida.
Alguno pensará que si esto sucede ahora, el cuadro resultará mucho más preocupante en los meses estivales, cuando miles de niños y jóvenes disfruten sus vacaciones.
Estos muchachones no solo ponen en peligro su vida imprudentemente, sino que además acortan la existencia de un puente como el Giratorio, ya que el agua salobre que se escurre de su cuerpo al salir del río daña la vital vía ferroviaria que se comunica con el puerto matancero que este 2017 ostenta los 113 años de existencia.
En su siglo de existencia el puente Giratorio ha comunicado a los trenes cargados de azúcar con el puerto, así como ha llenado de orgullo a los matanceros por ser una de las obras arquitectónicas más destacadas de la urbe, pero su historia también pudiera trastocarse y ser funesta. De más está decir que un resbalón en esa estructura metálica ensombrecería a toda una familia.
Hay diversiones que matan.
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