
El filo del machete destapa el dulzor que esconde la cascara. Un trozo de caña regala al paladar una fiesta de sabores madurados para la buena tierra tras varios meses.

Así inicia el recorrido por el museo de la Agroindustria Azucarera, que emplazado en el antiguo central Progreso del poblado cardenense de José Smith Comas, cada año recibe a más de 10 mil visitantes.

Un periplo por sus salas conduce hasta el área del basculador donde se conoce del proceso de recepción y preparación de la caña para la extracción del jugo. Igualmente en la parte de molinos se separa la fibra para ser usada como combustible.

Otras salas como las de generación de vapor y eléctrica, junto a la de fabricación de los productos y derivados exponen el ancestral proceso de elaborar el azúcar.

Un vaso de guarapo refresca la sed, tras el andar entre hierros que aún emanan el olor de la grasa caliente. De las pieles, el yarey, la madera y las semillas brota la belleza hecha manualidad.
Pero sin dudas la colección más valiosa recoge las locomotoras a vapor que datan de los años 1895 a 1925 y que casi en su totalidad se mantuvieron activas en la industria hasta entrado el nuevo siglo.
La unidad empresarial de base José Antonio Echeverría perteneciente a Tecno-azúcar junto a la atención metodológica del Centro Provincial de Patrimonio de Matanzas tienen en este museo un pedazo de identidad y cubanía.

El azúcar es historia indisoluble de esta isla que recibió a los hijos de África, España y el mundo. Aquí se mezcló la esencia que convirtió a Cuba, como el azúcar, en un mestizaje que corre por las venas y destila por los poros.
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