La vida y la obra de Celia Sánchez Manduley simbolizan rectitud, unidad, fuerza, respeto y consagración a los más puros ideales de independencia patria, a la vez que encarna la delicadeza de la mujer cubana.
Este nueve de mayo se cumplen 99 años del natalicio de Celia, heroína de Cuba, heroína de la lucha clandestina y de la Sierra Maestra, combatiente infatigable que entregó todas sus energías a la construcción de la nueva sociedad, quien vino al mundo en el año 1920 en el poblado de Media Luna, en el municipio homónimo en la actual provincia de Granma.
Recordar cada año a esta compañera de varias generaciones es también ejemplificar en nuestra memoria la fidelidad a la causa patriótica, la felicidad de vivir, los valores del compañerismo y reconocer el papel que la mujer puede desempeñar en todos los órdenes del cotidiano quehacer.
Celia supo ganarse la simpatía de todos mediante su carácter jovial, su sencillez en el trato coloquial, sin distingos, como una vecina más; con sus hazañas de revolucionaria activa, en el llano y en la Sierra, y luego, desde la Revolución triunfante, siempre atenta, siempre cordial, siempre ella, para todos, simplemente Celia.
La muchacha enamorada de la Mariposa –la flor nacional–, la mujer a la que acudían una y otra vez los combatientes de la Sierra para platicarle sus problemas y hallar la atención esperada, de compañero a compañero; la consejera siempre dispuesta, optimista, aún en los instantes más difíciles, hasta aquel aciago 11 de enero de 1980, cuando su presencia física dejó de estar, pero dejó una estela de cariños y de recuerdos imborrables.
Y es que la presencia de Celia renace en cada logro de la Revolución y en cada evocación de quienes tuvimos el privilegio de tratarla en algún instante de nuestras vidas. Los más jóvenes, quienes conocieron de sus hazañas y desvelos a través de testimonios de otros, también han aprendido a quererla, por eso, en estos días de recuerdos se le dedican poemas, flores y canciones en actos sencillos.
Celia organizó la ayuda imprescindible a los expedicionarios del yate Granma que desembarcaron en Las Coloradas para proseguir la guerra necesaria el dos de diciembre de 1956. Fue ella la primera mujer en vestir el uniforme del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, y durante 23 años, la ejemplar colaboradora del Comandante en Jefe Fidel Castro.
Ella es de esas mujeres que entran en la historia desbordando sentimientos y permanecen para siempre en la evocación popular, de generación en generación, porque su personalidad y su obra poseen el don, siempre en presente, de conmover a quienes las conocieron, o de alguna forma supieron de sus hazañas en el tránsito terrestre, como a la madre propia, como a la compañera inolvidable de todos.
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