La ciudad de Matanzas es la única, que yo conozca, con dos malecones: muros que se construyen para impedir el paso de las aguas. El más joven de ellos represa las olas de la bahía en la margen este del viaducto construido para viabilizar el tránsito entorno a la rada. El otro, el viejo malecón, existía desde antes para evitar la penetración del mar, que entonces lindaba con la calzada General Betancourt, y allí se conserva.
Ese amplio espacio, hoy de verde grama y parques, entre la avenida paralela al litoral y la antigua calzada de la playa, se enmarca entre dos malecones.
En el ámbito de esta singularidad de la capital matancera destaca un estadio para niños: “El Beisbolito”, donde suelen acudir muchachos de la localidad que practican el deporte de las bolas y los strikes, de diversos municipios y también de territorios más alejados para efectuar sus competencias con la contribución de la Dirección provincial de Deportes.
También practican fútbol y disponen de un gimnasio saludable, al aire libre, dotado de varios equipos.
Instructores, padres, abuelos, hermanos, tíos, primos, ¡la familia!, suelen acudir para observar in situ los progresos de sus muchachos deportistas, y no falta algún que otro turista de ocasión atraído por el espectáculo que se ofrece entre dos malecones, una exclusividad más de Matanzas.
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