
Juana María Mederos ha perdido la cuenta de los niños que ha traído al mundo, alcanzarían seguramente para poblar una provincia tan extensa como Matanzas. Desde que arribó al Hospital Materno Julio Alfonso Medina, de esta ciudad, en los lejanos años 70, muchos han sido los bebés que ha recibido en ese trascendental momento que representa la llegada de una nueva vida.
Antes de incorporarse al Hospital Materno se había desempeñado como enfermera general en un Instituto Preuniversitario del plan citrícola de Jagüey Grande. De aquellos años guarda gratos momentos. Era una especie de madre adoptiva de los centenares de jóvenes becados que se encontraban lejos de su familia.
Cuando alguno enfermaba, ella no escatimaba en cariño y buenos tratos. Cuando decidió radicarse en la cabecera provincial sintió mucho dejar atrás a sus alumnos, pero la vida le anunciaba nuevos retos.
Una vez en el Hospital Materno, Juana María comienza a estudiar obstetricia y ginecología. Lejos estaba de imaginar que con los años su nombre sería recurrente y conocido en todos los contornos de la provincia.
Basta nada más aproximarse a Versalles y preguntar por Juana La enfermera, y todos saben dónde vive. Cuando se celebra el Día de la Medicina, su teléfono no deja de sonar. Le llaman desde rincones tan apartados como la Ciénaga de Zapata.

Ella reside en la parte más alta de la ciudad, un barrio conocido como La Cumbre; desde la sala de su casa disfruta de una vista privilegiada donde se aprecia la bahía, pero sus ojos siempre se detienen en la institución a la cual le ha dedicada 4 décadas de su vida.
A veces, cuando los problemas cotidianos le abruman un poco, solo tiene que descender la pendiente desde su hogar al Hospital Materno, y todas las preocupaciones desaparecen.
Juana María siempre lleva una frase a flor de labio, como precepto de vida: “obrar bien con todos, sin esperar nada a cambio”.
Quizás esa filosofía tan suya guarde relación con la educación recibida de niña. Nació en un hogar humilde signado por las carencias, donde lo poco se compartía entre muchos. Creció junto a trece hermanos, pero sus padres trabajaron siempre, siendo la honradez y honestidad los valores que más se practicaban en su casa de Amarillas, perteneciente al municipio de Calimete.
Tanto caló en ella ese deseo por ayudar, que tal parece que ninguna otra profesión guardaba tanta relación con su personalidad como la de enfermera.
Para ella una profesional de la salud debe sentir como propio el dolor ajeno, estar al lado del paciente justo antes que este le precise, acompañarlo durante toda la convalecencia, siempre solícita, y así es precisamente con las gestantes que Juana María atiende, atención que llega a los demás integrantes de la familia.
Por eso a veces se sorprende cuando un auto le detiene en una parada y le llaman por el epíteto por el que todos le conocen: “¡Enfermera Juana!, ¿No me recuerda?”, y ella, realmente, no le recuerda. Debe ser uno de los tantos rostros que ha hecho feliz tras la llegada de un niño. Pero son tantos, que ella solo atina a saludar y regalar una sonrisa. ‘Debe ser el familiar de algún niño que asistí en Maternidad’, piensa para ella y sonríe. Seguramente no se detendrá a sacar la cuenta de cuántos niños ha traído al mundo, cuánta alegría ha regalado a las familias matanceras, porque hay cosas que se hacen porque sí, por el deseo de obrar bien…

Su imagen más cercana

Esa enfermera excelente es mi amiga y fue mi compañera de muchos años de trabajo ,gracias por hacerle la entrevista tan merecida
Es una excelente profesional y un” personaje” Juana querida. Me acompañó en 1996 y en el 2001 en los dos partos de mis hijos. Gracias por recordarla y homenajearla. Muy merecido. Saludos desde Argentina.