Lunes , 22 octubre 2018
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La Familia muerde

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Los veo deambular muy juntos, como quienes temen que algo o alguien los separe. Los hay tan pequeños que apenas pueden valerse por sí mismos y grandes como para saber distinguir entre las oportunidades y el peligro.

Una vez me puse a contarlos y llegué hasta diez antes de que algo más urgente reclamara mi atención. Al piquete lo llamo sencillamente “La Familia”, porque en su vagabundear de callejeros empeñados en cuidarse unos a otros, intuyo una solidaridad más propia de humanos que de perros.

Me resulta difícil no reparar en esta jauría que, indiferente a los trabajos de reanimación, a diario recorre lo que será un paseo peatonal en la calle Narváez junto al río San Juan, tal vez su espacio favorito en el Centro Histórico de la ciudad de Matanzas.

Se parecen mucho: el pelo corto y oscuro cubre la piel que se tambalea sobre los huesos como una tienda de campaña al viento, el hocico húmedo no para de tantear el mundo, los ojos muy vivos interrogan a cualquiera con su chispa de salvaje inteligencia.

Varias generaciones caninas forman este núcleo singular de madres, padres, hijos, hijas, primos, tíos, cuñados, hermanos, novios, sobrinos, parientes “agregáos” y conocidos que comparten todo, desde las garrapatas hasta las sobras de comida, los charcos de agua para matar la sed y un alero como refugio del sol o de la lluvia.

Como en cualquier familia unos marcan el rumbo y otros lo siguen, no faltan los esforzados ni los holgazanes, hay conflictos que se deciden con la lengua o con los dientes y se olvidan a la hora de comer, o de dormir, o de…, lo bueno y lo malo se comparte siempre.

Son desconfiados, no piden caricias ni comida pero aceptan ambas si la ocasión se da, en los días malos se lamen las heridas para seguir adelante, en las madrugadas en que aprieta el frío gozan el privilegio de no dormir sin compañía.

Los cachorros aprenden de sus mayores, los que ya han vivido todo, o casi, pero también en algún punto del viaje se rebelan porque toca a cada cual hacer su propio camino y seguirlo hasta donde los lleve.

Y yo, cachorro todavía entre los míos, al ver a estos perros callejeros que saben conmoverme solo puedo sentirme dichoso, como ellos, de tener al menos mi propia manada, pequeña e imperfecta, en la que no faltan mordidas ni caricias.

(Por )

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