
Para muchos, el humilde barrio La marina conserva ese halo marginal donde las riñas abundan en cada esquina y los entuertos se solventan a machetazos, pero quizás sea de los lugares más apacibles de la vieja urbe yumurina, y más poéticos también.
Hacia allí pueden dirigir sus pasos los amantes, desembocar y guarecerse del cruento sol bajo los tupidos árboles del parque Watkin; o desembarcar sobre el puente peatonal sobre las tranquilas, y también poéticas, aguas del río Yumurí.
Allí, se puede admirar las riberas de un río, que según un entendido como Urbano Martínez Carmenate, conserva el mismo semblante de manglares y marismas desde el siglo XIX. Justo como lo vieron los ojos de José Jacinto Milanés y Heredia.
En La Marina las personas tienden la ropa en la acera, en la misma acera donde entablan una partida de dominó o descorchan una botella de ron barato.
Desde sus abundantes pasillos interiores donde habitan decenas de familias se puede escuchar cualquier tarde una buena rumba. Y en eso el barrio lleva la delantera en Cuba, justo en la calle Manzano se yergue la casa de Diosdado, director de los Muñequitos de Matanzas, agrupación emblema y escudo de ese ritmo en la Isla.
La Marina deviene sitio predilecto para los buenos amantes, esos que prefieren la calma y la belleza que regala un edificio vetusto y silencioso, o una alta cumbre que se divisa a la otra vera del río.
Cuentan que el poeta Luis Marimón hizo de ese espacio matancero su razón de ser, y que toda su poesía versaba sobre esos contornos de la urbe a la que él logró descubrir toda la hermosura que corre por sus contenes limosos, las fachadas derruidas de sus casas, los restos descompuestos que flotan en el Yumurí, o el vertimiento eterno del Pompón.
Así es La Marina, lleva en sí esa dualidad que hace más interesante a la vida, donde lo bello viaja asido de ciertas fealdades que vigorizan los rasgos indiscutibles que convierten esa parte de la urbe en un terruño especial, donde la matanceridad se hace más pura.
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