Sin apenas pronunciar un nombre octubre llega para pintar de primavera las aguas. Las flores vuelven a besar el cuerpo inerte y muchos le buscan sin encontrar respuestas. Florecen los ríos, los mares, la bahía… porque él resulta ausente a la cita con la vida.
Su sonrisa cesa en el implacable tiempo y sacude entre vibraciones de recuerdos. El humor criollo parece nuevamente chocar con montañas y armas. El rostro alegre queda grabado en el corazón de cada cubano. El hombre de la eterna sonrisa deviene imagen de pueblo.
Los valores más demandados hacen fila para cualificar su estirpe. La generosidad, sentido de la amistad, valentía, su apego a las causas justas y la humildad lo convirtieron en un hombre muy querido.
Él fue el último en sumarse al Granma, de los sobrevivientes de Alegría de Pío, el de la barba henchida, el héroe de Yaguajay, el fiel amigo de Fidel y el Ché.
Su capacidad de liderazgo aumentaba la simpatía y el respeto de las tropas. El capitán, el compañero de los días difíciles, el hombre del sombrero alón… conquistó aureola de méritos como fruto de su carisma y amor patrio.
Dicen te perdiste, y Cuba toda estremeció. Escuadrones de búsqueda levantaron cada piedra, crearon caminos, peinaron cada palmo de tierra y agua solo para encontrarte, Señor de la vanguardia. El aire y la mar todavía cuestionan tu traición inesperada de desaparecer entre lágrimas.
Tu nombre, lleno de poesía todavía resplandece cuando cada niño, cada cubano emprende el eterno compromiso de homenajearte. Regresan las flores a octubre, pintan con sus colores las aguas y entre el imaginario reaparece tu retrato o tu querido nombre, Camilo.
Su imagen más cercana

