Para explicar a los más jóvenes los perjuicios de conductas impropias, y alertarlos sobre los daños de adquirir vicios tóxicos como drogas, tabaquismo, alcoholismo y otras prácticas nocivas, es fundamental un consejo escuchado de mamá y de papá, pues valdrá más que un montón de artículos en la prensa sobre este tema.
La comunicación en el seno de la familia, cara a cara, es vehículo idóneo para transmitir opiniones, deseos, expectativas, críticas y otras necesidades personales de expresión, que incumben al núcleo familiar y por extensión a las mutuas relaciones de sus integrantes, y de cada uno de ellos con la sociedad.
Es en familia donde los hijos pueden ser más receptivos, a partir del grado de afectividad con sus padres.
Lo entenderemos mejor si partimos de la base de que cara a cara se escucha y se interioriza lo escuchado cuando se desea, ya sea por interés personal o por respeto.
Y es aquí cuando mamá y papa, abuelo y abuela, los hermanos y otras personas cercanas, pueden desempeñar el papel clave en la comunicación para persuadir, aconsejar, ejemplificar con anécdotas extraídas incluso del propio entorno familiar que conocen los muchachos.
Esta comunicación también funciona a la inversa. Porque para que fluyan las ideas es importante decirlas, pero sobre todo saber escuchar, de manera que el diálogo sobre lo humano y lo divino entre los miembros de la familia puede actuar más eficazmente que cualquier otra intención de llevar ideas desde afuera.
Pero, ojo, esto sirve para lo bueno y también para lo malo, de manera que indebidos ejemplos de padres, madres y otros ascendientes sobre hijos y nietos, son calcados al pie de la letra y pueden convertirse en patrones de conducta inadecuada que reproducen desde indisciplinas sociales aprendidas, hasta formas de delinquir.
La familia es la célula fundamental, primaria y prolongada, idónea para sedimentar hábitos y principios positivos, y ética ciudadana.
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