Jueves , 5 diciembre 2019
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“Trumpadas” desde el podio de la ONU

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trump falso

La actual Asamblea de Naciones Unidas, en su 73 periodo de sesiones, es un foro de seriedad donde se supone que los jefes de Estado  y otros altos representantes de los países miembros formulen declaraciones fundamentadas sobre la base de realidades tangibles y proyecten  puntos de vista en un ámbito de respeto  y credibilidad, pero cuando el turno le correspondió el martes último al rubio mandatario estadounidense, los aplausos, que normalmente acompañan a las palabras del orador, fueron sustituidos por risas, expresivas de incredulidad por lo escuchado o las payasadas del orador, calificadas como “trumpadas”, en honor a su apellido de origen germano.

Hoy las reacciones de principales medios de difusión en el mundo coinciden en que las ya clásicas  diatribas  del rubio usufructuario de la Casa Blanca resultaron magistrales momentos de humorismo negro, habida cuenta de que se asentaron en mentiras evidentes, y sobre todo en una proyección megalómana (*) que trascendió cualquier límite imaginado para una persona que oficialmente representa a la nación más poderosa  del mundo en los órdenes económico y militar.

Una de sus obsesiones actuales: la intromisión abierta en los asuntos de la República Bolivariana de Venezuela, lo llevó a emplear términos peyorativos contra sus dirigentes y a relacionarlos con lo que llamó el patrocinio de Cuba a ese país, al tiempo que despotricaba contra el Socialismo como sistema y a seguidas, lo esperado: una parrafada destinada a amenazar con nuevas y más truculentas sanciones.

Ignorando soberanamente los estragos materiales y humanos que la política de invasión y guerra sin límite ni fronteras, empleada por la nación que preside, ha  causado en varias naciones del mundo como Iraq, Libia, Siria –las más recientes-, míster supermillonario Trump entonó un canto de alabanzas a su administración con  un autobombo  que, se debe reconocer, sorprendió incluso a los más proclives y genuflexos de sus aliados, quienes se unieron al coro de risueños  oyentes, como si asistieran al monólogo de un bufo, cuya gestualidad subrayaba el desdén por lo serio y parecía -¡oh, magia del espectáculo!- que hasta el mismo orador se creía la ensarta de disparates que hilvanaba.

Pero sobre cualquier otra consideración indignante, Trump subió la parada en los autoelogios a su gobierno que en dos años afirmó ha resuelto problemas que ningún otro  había logrado, recordando su filosofía demagógica de “América primero”, para captar votos de ingenuos y exacerbar el espíritu xenofóbico y ultranacionalista de quienes se consideran como estadounidenses casi arios, bajo la sospecha creciente de estar avanzando hacia una especie de fascismo postmoderno que provoca recordar a Julius Fucik (**), víctima mortal del nacismo hitleriano,  y su llamado a los hombres para que estén alertas.

(* La megalomanía es una condición psicopatológica caracterizada por fantasías delirantes de poder, relevancia, omnipotencia y por una henchida autoestima. Históricamente fue usada como un nombre para un trastorno de la personalidad narcisista antes del primer uso de este último por Heinz Kohut en 1968, y es usado hoy como el equivalente no clínico.(** Julius Fucik (Praga, 23 de febrero de 1903- Berlín, 8 de septiembre de 1943) fue un periodista y escritor checoslovaco, miembro del Partido Comunista de Checoslovaquia. Fue detenido por la Gestapo y posteriormente asesinado). (TVY)(26/09/18)

Donald Trump: El arte de mentir, al peor estilo de Hollywood

La mentira política no requiere de la mano del arte para trascender, por cuanto ella misma supera con creces las transposiciones creativas. Para los estudiosos de la política norteamericana, las falsedades y exageraciones de Donald Trump no tienen comparación en los anales presidenciales de ese país.

«Hay que tener buena memoria después de haber mentido».
La frase corresponde a Pierre Corneille (1606-1684), poeta y dramaturgo francés, autor de una de las mejores comedias de todos los tiempos, El mentiroso, con un personaje, Dorante, perteneciente a la vasta galería de charlatanes imaginativos  que van por la vida tratando de obtener lo que quieren a base de imaginación y engaño.
La mentira y el mentiroso se reiteran en la literatura y el arte, desde un principio asociándose al enredo amoroso y a las ansias de poder y gloria.
Ya en Las nubes (423 a.n.e) Aristófanes hace coincidir la mentira con la artimaña encaminada a obtener un propósito. En La Divina comedia (terminada hacia 1321) la mentira dejará de ser un concepto general para adquirir una significación de corte antropológico: «el ser mentiroso», que Dante situará en el octavo círculo del Infierno, junto a políticos corruptos, hipócritas, ladrones y fraudulentos de toda laya.
La disputa medieval metafísica entre la verdad y la mentira cobrará cuerpo teórico  en las figuras de Dios y el Diablo, este último considerado padre por excelencia de la falsedad y el engaño (vale recordar al presidente Chávez cuando en aquella intervención suya en la ONU, después  de hablar un W. Bush desordenado en falacias, dijo, con magnífica ironía, que el lugar olía a azufre).
Un Diablo siempre dispuesto a mentir y a participar en el juego de la seducción mediante la trampa, y que alcanzará estatura de clásico en el Mefistófeles creado por Goethe en su Fausto.
El mentiroso ha sido plato fuerte de estudiosos y creadores, por cuanto en manos de ellos el concepto universal de la verdad se hace añicos ante un pragmatismo regido por el egoísmo y los fines más aviesos.
La mentira política no requiere de la mano del arte para trascender –aunque haya sucedido–, por cuanto ella misma supera con creces las transposiciones creativas que, a partir de la realidad, han hecho grandes artistas, algunos de ellos aquí citados.
Pero en ese terreno, como dijera el maestro Corneille, también «hay que tener buena memoria después de haber mentido».
Lo saben los estudiosos de la política norteamericana, para quienes las falsedades y exageraciones de Donald Trump no tienen comparación en los anales presidenciales de ese país, donde no ha faltado el «ser mentiroso» remitido por Dante al octavo círculo del Infierno.
Libros, compilaciones y artículos miles  se han escrito acerca de las mentiras del presidente formado histriónicamente bajo las premisas del reality show,  pero bastaría citar estas ligeras joyas soltadas sin inmutación alguna: «Obama nació en Kenia», «se rompió el récord de asistencia  en mi toma de posesión» (teniendo fotos comparativas en las manos que lo negaban), «acabo de hablar con el jefe de los Boy Scouts» (llamada que no tuvo lugar) y «Meryl Streep es una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood».
Hace unos  meses, Sheryl Gay Stolberg escribió un artículo titulado «Todos mienten, pero Trump es un experto», en el que aseguraba que desde «hace más de 40 años, los presidentes de Estados Unidos han mentido en aspectos importantes de sus gobiernos y han logrado salir impunes; sin embargo, con la era Trump se ha llegado a un nuevo nivel y solo el 20 % de las afirmaciones del mandatario son ciertas».
Ya Politifact, un proyecto del Tampa Bay Times dedicado a verificar datos, había asegurado que solo el 20 % de las declaraciones de Trump por ellos revisadas eran ciertas, mientras un total de 69 % «son mayoritariamente falsas, falsas, o de plano pertenecen a la categoría de mentiras burdas».
Mintió el presidente James Knox Polk al argumentar las razones de la guerra con México en 1846: «Mueren allí estadounidenses», dijo dramáticamente, cuando la verdad era que los esclavistas querían anexarse «por las malas» la mitad del país.
Mintió McKinley en 1899 en lo referente a la participación de su país en las guerras que sostenían cubanos y filipinos en sus respectivos países contra la dominación española. Libertad era la palabra utilizada por la tropa estadounidense, la verdad es hoy tan objetiva que no hace falta extenderse.
Mintió el presidente Wilson al justificar la participación de Estados Unidos en la primera Guerra Mundial. «Es para llevar la democracia», dijo, cuando no pocos sabían que aquello era una piñata sangrienta en beneficio de la repartición imperial.
Mintió Truman al afirmar que Hiroshima era un objetivo militar y por lo tanto merecía una bomba atómica.
Mintieron Kennedy, Johnson, y Nixon en relación con no pocas interioridades  exterminadoras vinculadas a la invasión a Vietnam del Sur, «para que no cayera en manos del comunismo».
Mintió Reagan al justificar su agresión a Granada, por constituir  una amenaza a la paz de Estados Unidos, y Bush padre, al intervenir en Panamá (con miles de muertos por parte de la  población) y más tarde en Iraq, en 1991, tan rico el país en petróleo –verdadera causa de las pesadillas «humanitarias» que llegó a confesar el mandatario–. Mintió también su hijo, con el cuento de las armas de destrucción masiva, una segunda injerencia bélica a ese país  de la  que todavía no se sabe a cabalidad la cantidad de víctimas y daños que dejó.
Rápida relación de mentiras presidenciales –hay muchas más–relacionadas con invasiones de Estados Unidos a objetivos que le interesaban y que  traigo a colación después de que los supuestos  ataques sónicos a objetivos estadounidenses en Cuba  –sin  sustentación, hechos trizas por especialistas de medio mundo– se convirtieran, de la noche a la mañana, en ataques de microondas, quizá como antesala de que mañana se transformen en una  conspiración de índole interplanetaria  dirigida –¡ay, Hollywood!, ¡ay, guionistas de Washington!–  por los insistentes  cubanos.

 

Acerca de Roberto Pérez Betancourt

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Licenciado en Periodismo en Universidad de La Habana. Profesor periodismo Universidad Matanzas. Graduado en Administración de empresas. Diplomado en Psicología pedagógica

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