Se han cumplido más de 100 días de la presidencia de Donald Trump y poco hemos visto de su administración hacia Cuba. El magnate inmobiliario, que venció sorpresivamente en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, disparó las alarmas por todo el planeta tras la mayor sorpresa política en ese país.
Más allá de la combinación inaudita de medidas en estos primeros días, que incluyen recetas clásicas del Grand Old Party con otras que destrozan los dogmas de la política tradicional norteamericana, entre ellas la oposición a los tratados de libre comercio, el aumento de los aranceles a las importaciones, el castigo a las empresas nacionales que produzcan fuera del país, la atención sobre su persona se centra, por lo menos en este país, hacia su futura política exterior, de la cual aún esperamos algunas acciones.
Por lo pronto, los vínculos se han mantenido. Algunas visitas de alto nivel han llegado a La Habana. Académicos, científicos y especialistas de las ramas de la salud y el comercio han logrado acceder a la isla y promover intercambios, mientras que el turismo desde allá se mantiene al alza. Todas señales que apuntan a que los vínculos pueden profundizarse.
En ese sentido, las relaciones con América Latina, y especialmente con Cuba, toman particular importancia, después de que Barack Obama iniciara el 17 de diciembre de 2014 un proceso de acercamiento que busca normalizar las relaciones.
Donald Trump anunció en su momento que si ganaba las elecciones, modificaría lo que está sucediendo en cuanto a Cuba, condicionando estas conversaciones a si La Habana “cumple con nuestras demandas de libertad religiosa y política para todos los cubanos”. Estas declaraciones, realizadas en plena campaña electoral, fueron música para los oídos de los conservadores del exilio cubano, que están preocupados de que la isla se acerca demasiado y muy rápido a los Estados Unidos.
La vívida preocupación perceptible en las calles cubanas por el triunfo del republicano, justificada por la posible pérdida de los pequeños pero significativos avances en las conversaciones y en las relaciones económicas con el vecino del norte, creo pueden ser un tanto sobredimensionadas.
Debemos reconocer que Donald Trump no es un político tradicional. No obstante su ostensible racismo y xenofobia, claves en las relaciones con el sur del continente, su experiencia proviene del mundo de los negocios. En ese sentido, en varias ocasiones durante su campaña, se mostró públicamente de acuerdo con el fin del bloqueo, asegurando que Cuba tenía cierto potencial y que hasta consideraría abrir uno de sus hoteles en la isla.
Esta ambivalencia, a mi juicio, responde más a intereses prácticos electorales en el estado de la Florida que a una intención moral o política de congelar el proceso de acercamiento con Cuba. No hay dudas de que tanto a nuestro país, como a EE.UU. les conviene un mejoramiento de las relaciones, y actualmente, de acuerdo con analistas y politólogos, la tendencia es que este proceso se haga irreversible.
Cuba, bajo un proceso de actualización económica y la aprobación de leyes y reglamentos para la inversión extranjera más consolidadas, ha despertado el interés del empresariado norteamericano, que se observa preocupado porque Rusia, China y la Unión Europea le dejen solo nimiedades en una economía necesitada de mercado, inversiones y acceso a bienes y materias primas.
Además, el gran proyecto del Mariel, en conjunción con las ampliaciones del canal de Panamá y la construcción del de Nicaragua, avizora un significativo despegue comercial en la región, una de muchas soluciones para catapultarse con más facilidad hacia buena parte de América Latina. Trump tiene que conocer esto.
En segundo lugar, los republicanos tienen todas las puertas abiertas para colocar en el centro de la agenda política sus intereses respecto a nuestro país. Tras las elecciones, obtuvieron la presidencia y en las dos cámaras del Senado, son mayoría, lo que implica que se favorecen sin la oposición real del Partido Demócrata y pueden dictar las reglas del juego.
Esto no debe implicar un retroceso en las políticas respecto a Cuba, ejemplo de eso es que en varias ocasiones durante este año, varios proyectos de ley que de alguna forma u otra buscaron minar el bloqueo fueron propuestos por integrantes de esa agrupación. Además, estados básicamente republicanos como Texas, Georgia, Mississippi y Alabama, cercanos al golfo de México, pueden favorecerse con la apertura hacia la mayor de las Antillas.
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