| Pregones y pregoneros se multiplican y agregan al bullicio ambiental |
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Roberto Pérez Betancourt
Ha sido un cambio radical, de aquellos susurros al oído para anunciar mercancías de dudosa procedencia en gestión de venta clandestina, hemos pasado a la proclama estentórea, como si el pregonero se quisiera desquitar de haber reprimido durante mucho tiempo sus ansias de ofrecer sus mercancías a viva voz, sin miedos a decomisos, porque ahora es un trabajador por cuenta propia, que paga impuestos y se ajusta a la ley.
Con sus mercancías confeccionadas, cultivadas y cosechadas por él mismo, o adquiridas para reventa, también “por cuenta propia”, sin que le exijan a través de verificaciones, amparado por una licencia oficial para vender, el pregonero nos acribilla con sus ofertas imperativas a pulmón batiente.
Sobresalen panaderos y galleteros en plena competencia. Nenita se queja porque la despiertan de madrugada y al mediodía tampoco puede dormir la siesta. “Es que son gritos y hasta pitazos de increíbles decibeles”, dice.
Los pregones nos llegan con ofertas muy variadas, desde el dulce de guayaba y el maní en barras, croquetas, empanadas, tamales, pasteles, ajo grande y cebolla morada, repiten y repiten, y enseguida pasa el que vende habichuelas y después las muchachitas que afirman tener percheros, cubos, escobas, palitos de tender y hasta haraganes.
Usted se asoma para ver cómo transportan tanta mercancía, y de paso observa a otras pregoneras que anuncian maíz preparado para guiso, panetelitas borrachas, mameyes a buen precio, cremitas de leche, aguacates maduros y verdes, y hasta tipiricos de colores, en diferentes tallas y estilos.
Sí, el pregón se ha soltado calle arriba y calle abajo, en Matanzas y en todas las ciudades del país, con singularidades y amenidades pero, por favor, que se regulen los gritos porque Nenita y muchos más necesitamos también momentos de paz, de bendito silencio para reposar las neuronas. (TVY)(26/10/11).
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Los pregones vuelven a escucharse en nuestro entorno. A viva voz, a veces con gritos estridentes, otras con cadencias musicales, ahora multiplicados, constantes, desde antes de que el sol despunte en el este hasta que se despide por el oeste.
