Auditores e inspectores reciben la misión de verificar cómo se han realizado las operaciones contables y administrativas en las entidades que visitan con el propósito de descubrir errores y asesorar a los directivos para subsanar las causas que los provocan e inciden en los análisis, en el control de los recursos, e incluso facilitan la comisión de delitos por parte de personas inescrupulosas, o simples ladrones de cuello blanco.
La principal labor de prevenir corresponde al auditor interno, el que labora en la propia empresa, de manera que los auditores e inspectores que la visitan, provenientes de una entidad fiscalizadora, tienen la misión de detectar lo que nadie ha visto antes, o ha pasado por alto sin solucionar, realidad que en ocasiones encubre prácticas de cohecho y malversación.
Cuando en una entidad resuena el anunció de la llegada de auditores, suele cundir el nerviosismo y a veces hasta el pánico y no falta quienes los tildan de inquisidores que “viene chapeando bajito”, sin reconocer que en realidad se trata de una visita que mucho puede ayudar a la entidad de que se trate, siempre que la visión del trabajo de auditoría se realice sin prejuicios ni temores infundados.
No faltan jefes que inventen excusas para posponer las verificaciones y las califican de acción burocrática, tratando de desestimarlas.
Tales actitudes son criticadas por Gladys Bejerano, vicepresidenta del Consejo de Estado y contralora general, y se deben, según ella, a falta de conocimiento, incompetencia o deshonestidad que entorpecen el control interno. Pero el control no es burocracia, ni es un ejercicio para enseñar durante un chequeo externo.
El control interno compete a todos, y debe entenderse como componente inseparable de cada proceso, ya sea productivo o de servicios, y como una herramienta imprescindible de dirección, en Matanzas y en todo el país. (TVY)(16/09/16)
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