“No me dejó dormir”, admitió en Facebook una mujer sobre la profunda impresión que le causó el primero de los cinco episodios de la miniserie Chernobyl, una apuesta fuerte de la HBO por meter el dedo en la dolorosa llaga del desastre nuclear sucedido hace ya 33 años en la URSS.
Ya había conseguido estremecerme la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich (en lo adelante S.A.) con el libro “Voces de Chernóbil. Crónica del futuro”, (fue una de las fuentes que inspiró el drama de HBO) con sus testimonios de las víctimas como un coro con matiz de denuncia, pero la serie me puso los nervios de punta con su tono de terror que se vale del sonido como si fuera un protagonista más.
“Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos.” (S.A.)
Por arribita el proyecto no parecía la gran cosa: un guionista que solía escribir comedias regulares, junto a un director con pasado de rapero antes de hacerle videoclips a Madonna, juntos para contarnos una fábula de la Guerra Fría con la sospechosa etiqueta “basada en hechos reales” que a algunos ya nos tiene hartos.
Pero el resultado no podría ser más contundente, sólido como el concreto y doloroso como un puñetazo en plena cara, un cuento viejo contado de manera nueva. En Chernobyl el villano no es la radiación, sino el engaño.
“Nosotros debíamos… Nuestro deber era… No se puede decir que desde un primer momento se ocultara todo, porque al principio nadie se hacía cargo de las proporciones de lo sucedido. Nos regíamos por las consideraciones políticas más elevadas. Pero si dejamos a un lado las emociones, si nos olvidamos de la política…” (S.A.)
Según la influyente web IMDB la serie es la mejor valorada en la historia de esa plataforma (si, le ganó a Juego de Tronos). Desde que comenzó a emitirse en mayo último hizo aplaudir al público y la crítica, elevó en un 40 por ciento el arribo de turistas locos por ver con sus propios ojos el escenario real del trágico suceso, e inflamó a detractores que en Rusia se disponen a producir también en formato serie su propia versión de la historia.
Chernobyl te rompe y te reensambla, pero a partir de entonces uno se siente como otra persona porque las piezas no consiguen encajar de nuevo en el lugar que ocupaban antes.
Uno acaba cada capítulo con ganas de morir y de matar, antes de que todo se convierta en un hambre inusitada de vivir cada segundo como si no hubiera otro después.
“Al atardecer, observé cómo los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.” (S.A.)
Ni señores oscuros ni criaturas engendradas como pesadillas, ni plagas ni desastres al borde del apocalipsis, ni serial killers ni nazis que para el caso son lo mismo, ni pandemias naturales o fabricadas en laboratorios…Chernóbil -el hecho real- nos mostró otra clase de miedo, igual y diferente al de Hiroshima y Nagasaki, un horror impersonal, un mal causado sin odio, un holocausto “accidental” que la miniserie logra revivir como ningún otro dramatizado sobre el tema.
“El átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio, el átomo para la paz era una bombilla eléctrica en cada hogar. Nadie podía imaginar aún que ambos átomos, el de uso militar y el de uso pacífico, eran hermanos gemelos. Eran socios. Nos hemos hecho más sabios, todo el mundo se ha vuelto más inteligente, pero después de Chernóbil. Hoy en día, los bielorrusos, como si se trataran de «cajas negras» vivas, anotan una información destinada al futuro. Para todos.” (S.A.)
La historia oficial del accidente en uno de los cuatro reactores de la central nuclear europea ocurrido en la madrugada del 25 al 26 de abril de 1986 es bien conocida, pero sus matices, el heroísmo de miles de héroes y heroínas que se pusieron en riesgo a si mismos o murieron por salvar a otros de la furia del átomo desatado, los tejemanejes del poder para ocultar semejante rollo, y otros detalles indispensables para iluminar el tema suelen ser menos conocidos. La serie se crece al ahondar bajo la superficie, revolviéndolo todo. ¡¡Vade retro spoilers!!
“Los robots no lo aguantaban; las máquinas se volvían locas. Nosotros, en cambio, trabajábamos. Sucedía que te brotaba sangre de los oídos, de la nariz. Te picaba la garganta. Te lloraban los ojos. (…) Pero trabajábamos bien. Y nos sentíamos muy orgullosos de ello.” (S.A.)
En la vida real el exorcismo de Chernóbil no acabó con la expulsión del demonio, sino al cubrir al poseso con un sarcófago de acero que costó unos dos mil millones de dólares y terminó de colocarse en ¡2017!
“Después de que la población abandonara el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiros a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanas…, también los gatos. Y los caballos no podían entender nada.” (S.A.)
Hoy hay vida en Chernóbil. Nutrias, lobos, jabalíes, manadas de caballos salvajes, águilas, alces y otras criaturas salvajes se pasean por sus bosques libres de la influencia humana directa en un vasto entorno de más de unos 4 200 kilómetros. La Reserva Radioecológica es como un laboratorio, un experimento prolongado que permite a científicos internacionales comprender mejor los efectos de la radiación en la naturaleza. Ojos humanos usan cámaras-trampa, helicópteros y otros trucos para curiosear desde una distancia segura.
Chernóbil nos fascina como el primer día porque forma parte de nuestro futuro, como una enfermedad hereditaria. El mal liberado en la vieja central soviética sigue latente, como un monstruo adormilado.
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Excelente!!!