Jueves , 2 abril 2020
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Cuadrar la caja

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No fue culpa del bloqueo ni del cambio climático, sino de un mal mucho más antiguo: la falta de sensibilidad, esa ponzoña que usan algunos para destruir lo que otros con tanto esfuerzo crean.

Uno pasa muy rápido de la incredulidad a la indignación cuando el empleado de una tienda le tira la puerta en plena cara, con una autoridad semejante a la del guajiro que, al cerrar el corral, impone a sus bestias un mandato tajante, inapelable: por aquí no pasarás.

Solo que no había tales bestias allí, solo cubanos de todos los sexos, edades y colores de piel, gente trabajadora y sencilla que sostiene los cimientos de su país y evita que cedan ante la embestida de imperios, sismos, huracanes.

Lo que no podía pasar pasó dos veces aquella tarde del 10 de febrero de 2020, casi al unísono. Sucedió en dos tiendas separadas por unos pocos metros: La Reina y La Nueva Oriental, ambas en la calle Medio, en la cubana ciudad de Matanzas.

Cuatro horas llevábamos allí, de pie, en una cola caótica para comprar el tan escurridizo detergente, refugiándonos mutuamente en la conversación para olvidarnos del aguijonazo de la ansiedad en el estómago y de un crescendo de dolor en las extremidades.

La mercancía había llegado tarde. Trasladarla del camión al interior del establecimiento pareció una odisea que tardó casi un siglo. Luego faltaba algo, un documento, una factura, un “autorizo”, un no-se-qué, uno de esos hechizos escritos en papel por la burocracia como código para mover su torpe mecanismo, algo que ya debía estar ahí, y sin embargo…

Para cuando comenzó por fin la venta ya había caras agotadas y miembros doloridos, pero cada quien resistió porque todos estábamos convocados por la necesidad.

Justo a las cinco de la tarde en La Nueva Oriental, en un alarde de puntualidad que pocas veces se da en favor de los clientes en esta isla hermosa del Caribe, un joven portero sin uniforme impuso a sus conciudadanos la ley de la selva, la del más fuerte.

Como un ridículo juez en shorts y camiseta dictó sentencia, golpeó con el mazo: cerró la puerta a aquel torrente de humanidad, en defensa del sagrado e inviolable horario de los trabajadores.

No hubo súplica ni réplica que conmoviera a aquel joven con corazón de piedra, endiosado y burlón. “Vayan a quejarse al gobierno”, dijo al supuesto rebaño.

Nuestra reacción no fue unánime pero si rotunda: “de aquí no nos vamos sin comprar”. Parecía entonces -y todavía lo parece- lo más ridículo del mundo permanecer como fantasmas pegados al vidrio, ansiosos, con el orgullo herido, mientras veíamos como en el interior de la tienda transcurría la rutina de cuadrar la caja con una normalidad exasperante.

Una cuadra más allá y casi a la misma hora, en La Reina, tenía lugar un conflicto similar y había dos bandos donde solo debía existir uno. ¿No será exactamente eso, dividirnos, lo que pretenden quienes nos quieren mal?

Otro portero, el de La Reina, también impaciente por acabar su jornada, puso los ánimos al rojo vivo: por si las moscas, para que nadie pusiera en duda su rol de macho alfa, acompañó sus palabras vulgares con un golpe que agrietó la puerta de vidrio instantáneamente.

¿De dónde sacan a esta gente sin escrúpulos, a estos empleados que no vacilan en maltratar al cliente? ¿Será que los fabrican en serie con materia prima de mala calidad?

Duele ver que en tiempos de excepción no se apliquen medidas también excepcionales para hacer más llevadera la estrechez.

El rebaño supo hacer llegar su reclamo a los oídos adecuados. ¿Acaso los opresores esperaban otra cosa de un pueblo nutrido con las ideas de José Martí desde la cuna? Aún así, cuando las autoridades llegaron y la venta del codiciado producto continuó sin mayores contratiempos hasta altas horas de la noche, la deuda no quedó saldada del todo.

Después de arrugar una hoja de papel es difícil que quede lisa de nuevo, como antes. Dicen que lo mismo sucede con el alma.

Por fin, cinco horas después llegué a casa más muerto que vivo, pero al menos no tenía las manos vacías. Las bolsitas de detergente que pude comprar sumaban en total poco más de 800 gramos. El peso del maltrato, de la ofensa, no he podido calcularlo todavía.

Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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4 Comentarios

  1. Excelente!!!! Eso es lo que deberían hacer todos los periodistas que se enfrenten a situaciones similares. Lo felicito

  2. Como siempre Robe.. en la DIANA!!!, ya lo compartí, creo que las gerencias de esas tiendas tienen que tomar medidas!! y publicar en los emdios qué pasó con esas personas.

  3. Orlando Pérez Casuso. Musico y TROVADOR matancero

    Esos son los comentarios que deben llegar a quienes nos representan en los diferentes renglones de nuestra provincia, porque a veces la realidad no nos llega como debe y aprovechamos para criticar al paiz por culpa de personas inconcientes que provocan estos tipos de disturbios , de ahí se aprovechan tambien los oportunistas para provocar la paciencia de aquellos que no tienen oportunidad de adquirir el producto y otros para acapararlos para beneficios propios . Hay que analizar a fondo el verdadero motivo del Cuadre de Caja” , porque detras de un cuadre puede haber mucho descuadre. Gracias por tu publicación.

  4. Buen reportaje ojalá no se busque problemas por eso habían tantos policías hoy en la calle medio están celentando la olla y va a explotar

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