Viernes , 14 diciembre 2018
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Gente de barrio

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Vivo en un barrio de esos al que eufemísticamente llamamos folclórico, porque lo mismo te encuentras un médico prestigioso que un Babalao de renombre; quienes viven en casitas humildes de colores desteñidos, aunque algunas logran transformar sus fachadas en víspera de año nuevo.

Hace mucho tiempo a la cuadra le nacieron tres pasillos interiores, que son como cuadras independientes. Estaban allí desde antes de la Revolución, y al igual que esta, sobrevivieron a los embates del tiempo y del enemigo. Faltan vecinos que aunque lejos, aún permanecen en el recuerdo de muchos.

En uno de esos pasillos vivía la difunta Mariteri, viejita buena, pero se desorientaba un poco cuando no tenía a manos sus pastillas de los nervios. Nunca olvidaré que a ella le correspondía el televisor Panda, y hasta festejó de antemano, pero como sucede algunas veces, se lo dieron a otra persona que no lo merecía. Y yo asentí. Por ello más de una vez he afirmado que en el reino de este mundo, todos somos pecadores.

Pero mi barrio es mucho más, allí también vivía Zoila y su esposo, dos septuagenarios que se ganaban la vida recogiendo laticas para venderlas como materias primas.

Una vez Zoila fue víctima de la ira de un perro callejero que casi le desprende el brazo, luego la ira se desató contra el perro. En momentos como ese es cuando se aprecia la grandeza de un barrio cubano: enseguida Asea le llevó sopa con el cuarto de pollo de su cuota; la bonita y altiva Dianci le lavó todas las sábanas y de paso le baldeó la casa; los jóvenes les escachamos las laticas recolectadas. Se escachan para acumular más peso en menos espacio.

Zoila no tuvo necesidad de ir al hospital. En mi cuadra viven dos prestigiosos doctores que aunque no realizan consultas privadas, todo el barrio asiste a su casa, como si fuera un templo. Y eso que en la misma esquina hay un policlínico que brinda servicios 24 horas.

El cirujano Chacha y su esposa Nancy, neonatóloga, son médicos prestigiosos que enorgullecen a mi barrio, y siempre abren sus puertas para las consultas particulares que se pagan con estrechones de manos o la mirada agradecida de una madre.

Pero el barrio también siente orgullo de Enrique, el encentrador de llantas de bicicletas. Frente a su casa hacen cola casi todos los bicitaxeros de La Playa, como se llama el rincón del universo donde vivo. Aunque colinda con Pueblo Nuevo, reparto más que folclórico, marginal. Pero bueno, la historia es sobre mi barrio, que aún sigue siendo la Playa.

Mi vecino Coco pule llantas de motos, lucrativo negocio avalado por sus años de experiencia. Coco es de esos cubanos que siempre tienen una frase pícara a flor de labios, acompañada de cierta ironía que solo deja espacio a la risa. Aquí vale resaltar su gusto por los buenos perfumes. A cuadras de distancias sientes su presencia.

Pero como nada es perfecto, debemos compartir el espacio con una que otra viejita chismosa, que viven pendiente a todo lo que acontece, “a la que se cayó”, como decimos los cubanos. Confieso que más de una vez he querido enterarme de un que otro chismecito.

También están aquellos que viven una temporada en el barrio y otra en prisión. Los delitos son innumerables, pero nunca hurtan a los vecinos. No sé por qué, va y ellos si se toman al pie de la letra eso de que el vecino es el familiar más cercano, y puede ayudarte con la jaba que la vieja te lleva a las visitas.

Y bueno, está el hijo de Caridad, es decir, yo. Un chama que ha devenido como una especie de delegado de circunscripción, al que le plantean todos lo problemas comunes de un comité: que si el salidero de la calle, el estado constructivo de la casa de Lola, que si el pan de la bodega, y el alcohol de cocina de Junio que lo dieron en Octubre por el de Agosto.

Y la pregunta más recurrente de todo cubano: ¿cuándo van a subir los salarios? o ¿cuándo existirá una sola moneda? Hay momentos que quisiera me tragara la tierra. No sé, pa’ mí que la gente cree que un periodista es un demiurgo con respuesta para todo, cuando hay veces que no le hallo ni pie ni cabeza a mi propia existencia.

Pero voy viviendo, y cada jornada trato de tomarle el pulso al barrio, para saber por cuál rumbo anda la isla. Siempre transito ensimismado el mismo trecho que bordea la bahía, hasta que un que otro ¡Buenos días!, me trae a la realidad. Pero nada me da más placer que escuchar el tan cubano ¡Asere que bolá!, señal de que desandamos el mismo camino, que no he cambiado mucho, que sigo siendo un chama de barrio.

 

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Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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