
Uno de mis mayores anhelos profesionales es escribir un gran ensayo sobre ese pueblo hermano ubicado a 77 km de Cuba: Haití, donde la pobreza, la miseria y el infortunio se detuvieron desde hace mucho, horadando el suelo y el alma de esos valientes hombres y mujeres que un día se alzaron contra el yugo francés.
El mundo le debe mucho a Haití, pero al parecer solo Cuba se ha dignado a resarcir el agravio histórico. Cuando osaron liberarse de las cadenas del colonialismo galo, pagaron la afrenta, y no es una metáfora: al estrenar su libertad por acuerdo de las principales potencias de entonces Haití debió desembolsar una indemnización a Francia, la cual estuvo pagando hasta bien entrado el siglo XX. Hecho ignominioso, porque debió ser a la inversa, durante siglos los hijos de Puerto Príncipe vivieron y murieron para los colonos franceses.
En aquel entonces Haití era la mayor productora de azúcar y café del mundo, al estallar la Revolución, -la primera revolución verdadera de este hemisferio- Cuba ocupó su lugar, y la metrópolis se encarnizó con el pequeño país.
Después se convirtió en lo que es hoy, un pobre país víctima de los desmanes de las grandes potencias. Estados Unidos ha hecho lo que le ha venido en gana una y otra vez, entrando y saliendo con sus armas en las manos cuantas veces ha querido, pisoteando su bandera y su dignidad.
Solo Cuba ha dignificado a la pequeña nación, ayer a través del arte, hoy enviando cientos de médicos.
Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, nuestro poeta Nacional y nuestro mejor novelista, inmortalizaron a la isla de lengua creole y religión gurú.
Mediante la poesía, Guillén describe a esa nación como la esponja ensangrentada, en una sentida elegía al poeta, narrador y gran amigo suyo, Jacques Roumain, asesinado por sus ideas revolucionarias. Póstumamente se conocería su gran obra Gobernadores del rocío. En esa novela, Roumain describe lo que para él ha de ser el gran cumbite, donde todos, hombre y mujeres, trabajarán en conjunto para hacer de Haití un gran país.
Quizás la obra más conocida de Carpentier sea el reino de este mundo, una alegoríasobre este lugar del mundo conocido como El Caribe. En la novela el premio Cervantes ausculta la cosmogonía haitiana y desmitifica la religión gurú, despojándola de ese halo oscuro. El gurú es más que la religión de la muerte, el universo de la vida haitiana.
Un poco más acá en el tiempo, Roberto Fernández Retamar poeta también, es uno de los intelectuales que más ha escrito sobre lo Revolución haitiana, su significación histórica e influencia.
Para el mundo, Haití y su riqueza cultural no existen, menos su legado literario. Deben morir 300 mil personas de un tirón para que sea titular en los medios, como aconteció tras el terremoto del 2010. Pero desde antes, los cubanos fijaron sus ojos y su cariño allí. A las semanas tanta muerte dejó de ser noticia; para muy poco tiempo después colmar los titulares por una epidemia de cólera.
Hoy el caribeño país es noticia otra vez: los crecientes y violentos disturbios desde el pasado 7 de febrero encaminan al país a una posible crisis humanitaria. Desde que se iniciaron las primeras movilizaciones contra Jovenel Moïse, se han contabilizado 52 muertes, 247 heridos y 519 arrestados, asegura la ONG Alianza por la Solidaridad.
Cuba seguirá escribiendo su larga página sobre Haití, ayer a través de la poesía de Guillén, la novelística de Carpentier o los ensayos de Retamar, hoy con los cientos de médicos que salvan vidas allí, y sobre todo desde el sentimiento sincero que une la historia de ambas naciones.
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