Jueves , 9 julio 2020
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El imperdonable asesinato de Fermín y Yolanda

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A Nicolasa Díaz Rodríguez los contrarrevolucionarios le arrancaron un trozo de vida. Para Gregorio Rodríguez Rodríguez, su esposo, la felicidad nunca estuvo completa después de esa fatídica noche de 1963.

Los máximos ejecutores de la desgracia, el “Pichi Catalá” y la banda de “El Gallego”, nunca imaginaron que con su inhumana crueldad marcarían a esa familia matancera para toda la vida.

El saldo de la desgracia: dos niños asesinados, dos lesionados y unos padres que nunca entenderían los absurdos móviles del triste suceso. En la finca La Candelaria, en Bolondrón, aun hoy se extraña la sonrisa de Fermín y Yolanda.

Aquel dramático 24 de enero, los niños estudiaron y se fueron a la cama temprano. Nicolaza no pudo escuchar los toques a la puerta del bohío que, alrededor de las 10 de la noche, daban los miembros de la banda de Juan José Catalá.

Ella se acercó a la puerta y la entreabrió ligeramente, pensando que los guajiros, tan tarde, no son dados a las visitas. Tuvo razón. La muerte iba acompañando a esos hombres. Ante la férrea negativa de entregar al varoncito, los bandidos comenzaron a disparar sobre la humilde vivienda y después se dieron a la fuga.

El padre, miembro de las Milicias Nacionales Revolucionarias, buscó en la cruda oscuridad una escopeta de caza que guardaba en la cocina, pero no tuvo tiempo de responder al ataque.

A Nicolasa, como estaba próxima a la puerta, numerosas balas le hirieron ambos muslos. Felicia, la hija mayor, quien se había despertado y estaba detrás de ella, resultó gravemente herida en el vientre por disparos de ametralladora.

Pero lo peor estaría más adentro. El niño Fermín, de 13 años de edad, quien había tomado su cuchillo de monte para defenderse si era necesario, recibió un balazo directo al corazón cuando avanzaba entre las camas del cuarto y murió al instante. Yolanda, la pequeña niña de 11 años que quería ser maestra, se incorporó sobre sus rodillas en la cama tras recibir disparos en el estómago que le perforaron los intestinos y falleció mientras era trasladada al hospital.

Estos dolorosos recuerdos, se hicieron patentes con más frecuencia en Cuba a partir del año 1961 con la derrota de la invasión mercenaria a Playa Girón. El imperialismo yanqui, lleno de ira tras la radicalización del proceso revolucionario, indicó a la tristemente célebre Agencia Central de Inteligencia (CIA) tratar de destruir la Revolución a toda costa.

Por eso, las actividades terroristas y el bandidismo se incrementaran significativamente a partir de ese año, formando parte sistemática de la política de hostilidad y agresiones del gobierno estadounidense hacia la mayor de Las Antillas. Por aquella época en Matanzas, Francisco Hernández Suárez, más conocido como El Gallego, operaba junto a un grupo de alzados en la zona de Pedro Betancourt. El objetivo era aterrorizar a la población campesina. Para eso les pagaban, y les suministraban recursos. Fermín y Yolanda fueron un dato más en la negra lista de esos desalmados.

Hace dos años, el ex presidente norteamericano Barack Obama dijo en La Habana que: “ahora que hemos quitado la sombra de la historia de nuestra relación, debo hablar honestamente sobre las cosas en las que yo creo. Creo que (…) cada niño se merece la dignidad que viene con la educación, la sanidad y los alimentos que tiene sobre la mesa y un techo sobre sus cabezas.”

Obama, y todo el establishment norteño, ¿pretende que enterremos en el olvido a nuestros niños? ¿Aspira a que seamos tan crueles como ellos? ¿Qué dirán, escudados en el dolor y la pérdida, los familiares de nuestras miles de víctimas? Qué poco nos conocen.

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