Jueves , 16 agosto 2018
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José Miguel Godínez: una vida entre trenes

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Siempre que se avecinan los últimos días de enero Elizabeth Godínez Bello piensa en su padre. Aunque le lleva presente a todo momento, cada 29 de enero, tras observar algún spot televisivo que rememora el día del Trabajador Ferroviario, su mente viaja hasta Los Arabos y a su infancia, la que transcurrió en una estación de trenes que su padre dirigía.

Todavía muchos recuerdan a Godínez en Los Arabos. Porque José Miguel se ganó el aprecio de las personas con su actitud correcta y responsable. Son de esas huellas imperecederas que los hombres dejan aun después de partir.

De hombre íntegro y austero lo califican todavía. Siempre andaba de traje y corbata que era el uniforme de los ferroviarios de entonces. Aun con el sol de agosto, se le veía trajeado al frente de las operaciones de la Terminal. Solo se quitaba el saco para almorzar, rememora su hija.

Godínez ligó su vida a los trenes siendo un mozalbete de apenas 14 años, oficio que heredó de su padre. Primero se desempeñó como jefe de Real Campiña y Carreño, poblados arabenses.

Fue tal su entrega y conocimientos que en cierta ocasión le propusieron trabajar en la Capital del país como despachador.

Elizabeth asegura que su papá era autodidacta, un apasionado por la lectura. Era gente pausada, pero enérgica ante lo mal hecho. Dirigía las operaciones de los trenes, tanto de carga como de pasajeros, la paquetería del expreso, supervisaba cada detalle.

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José Miguel trabajaba los siete días de la semana, siempre atento a cuanto acontecía en la estación. De niña, Elizabeth no consigue construirse un recuerdo de algunas vacaciones fuera de la Terminal. Los ferroviarios siempre se caracterizaron por la entrega total al trabajo.

Una vez, releyendo el expediente laboral del padre tras su jubilación, quedó perpleja al descubrir una medida disciplinaria porque un tren demoró ¡dos minutos en el andén! El horario de llegada y salida eran inviolables, si debía pasar a las siete en punto, ni ocurriendo un terremoto se podía atrasar.

“Ese era el sentimiento que reinaba. Por eso siempre pienso en mi papá. Recuerdo que al graduarme en la universidad me ubicaron en Camagüey. Siempre que llegaba a la Terminal para sacar pasaje de regreso y decía mi apellido me preguntaban si era hija de Godínez. Todos le conocían. ¡Los ferroviarios eran una familia! Y él entregó toda su vida al sector.

Ella también siente amor por los trenes. Cuando escucha el pito de una locomotora los sentimientos se le agolpan y avivan muchos instantes de su niñez.

Vivían justo en la estación ubicada en la Calle Maceo, en el centro del pueblo. Su madre era una especie de lugarteniente en el lugar, apoyando siempre al esposo. Cierta vez, tras un descarrilamiento, en su casa durmió toda la tripulación, junto a varios pasajeros, ¡más de 50 personas!

Los maquinistas al pasar siempre le pitaban para saludarla, pero el saludo se convertía en estruendo justo en la ventana de la casa, asustándola, quizás para mortificarla cariñosamente.

A veces piensa en El Minguino, un viejo tren a vapor que comunicaba a Los Arabos con Cárdenas; luego ve a su madre fregando con las cenizas que desprendía la máquina, son recuerdos imborrables que siempre le acompañan.

Cuando llegaba el circo, quizás el suceso más importante del pueblo, los artistas viajaban por ferrocarril y permanecían varios días en la estación. El vínculo con los circenses era muy estrecho, y para su deleite la familia contaba con los asientos principales del espectáculo.

El viejo Godínez nunca logró concebir el hijo varón que tanto buscó para que siguiera sus pasos. En cambio trajo al mundo y educó a tres bellas hijas a las que inculcó el amor por el mundo de los trenes. Incluso les enseñó a trabajar con la Clave Morse y algunas otras actividades del día a día en una estación.

Todas esas imágenes le vienen a la mente a la hija cada 29 de enero. Entonces ella desempolva antiguas fotos, un viejo carné de trabajador ferroviario, y regresa a la casa de su infancia, hasta cree escuchar el pitazo familiar de una locomotora, el sonido acompasado de los vagones al pasar, el olor a hierro, y el amor por un oficio… ese al que su padre le dedicó la vida, y que a ella también le marcaría para siempre.

 

Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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