La cultura es inherente a todo ser social. Es como un aura que nos circunda por generaciones y muta para perpetuarse. Es la esencia de la identidad y no es posible eludirla. Ese simbolismo que encierra, precisamente, es lo que hace a matanceros y matanceras ser como celosos guardianes de sus confidencias. Pero al sincretismo le agregamos geografía, pues los caprichosos accidentes de esta urbe entre ríos son alicientes para tanta poesía.
Desde la vanidosa Ermita que contempla en lo alto a la bahía, hasta esas Cuevas de Bellamar que ocultan pasados misterios soterrados, ponderan sus hijos a la neoclásica Matanzas. Su calle del Medio espera añorante le retornen la ilusión; o se perfumen sus aguas el San Juan murmurante… sonría el Yumurí con esa rumba descalza que colinda cada tarde, espejo de la grisura. Anhelos de citadino, nada más.
Una ciudad de puentes tendidos celebra más de trescientos años. La cultura de pertenecer aquí, no está extinta. Desanda entre subterfugios ante la apatía de los hombres y la inmóvil política cultural, necesitada de sacudidas y torrentes creativos, más inclusivos.
Porque la cultura no se amasa en eventos, cocteles de bienvenida ni agasajos populosos. Emana de la simpleza con que se moldea el barro y no del aparatoso circo de discreto elitismo. Es un organismo con vida, memoria y costumbres; nutre el imaginario popular y retorna con el ritual cotidiano de beber un café oscuro.
No es la batalla contra el producto globalizante lo que nos hunde en el letargo. Sucumbimos por el inmovilismo de las formas, de esa aldaba que pierde valor de uso porque nadie, al otro lado, responde.
Arraigo… término que nos define matancero. Para ese publicitado cumpleaños esperemos florezca, también, nuestra cultura, sin coartes ni populoso agasajo. Que desande por el abra y se torne letra impresa, pincelada, molde o corchea; pero que desande renacida esa cultura, que nos habita.
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